Por Mauricio Neblina

Muchas de las maldiciones de la vida son inevitables y hasta parecen malas bromas que el destino nos juega. Levantarse más temprano que el sol es la mayor crueldad que un hombre puede vivir, pero no queda de otra cuando hay que transportarse dos horas para llegar al trabajo o escuela aunque nos quedemos dormidos en la combi o camión con un hilo de baba que moja la chamarra del de al lado sin que se dé cuenta porque también padece de cansancio y desmadrugada.

Quisiera pasar los años dentro de mi colonia sin tener que salir de ella. Levantarme a las nueve. Desayunar cuando la luz entre amarilla por las ventanas y aún sienta un poco de frío. Trabajar a unas cuantas cuadras de mi casa y que no haya problema de llegar a las diez. Regresar caminando mientras fumo sin el estrés de subirme al transporte público. Al fin y al cabo lo único que necesito para sobrevivir es un bar donde emborracharme, un cine donde no proyecten The Avengers, una biblioteca y una fonda donde comer a gusto y en silencio. Qué más se necesita para estar tranquilo si lo que cualquier cuerdo desea es tener el mínimo contacto humano posible. ¿Carros, joyas, ropa de marca, restaurantes lujosos? Eso es para los verdaderos locos que se han amoldado a este mundo donde hay errores en cualquier lado. 

Uno de los hombres más brillantes que ha pisado este territorio que compartimos por coincidencia y que dicen que se llama México dijo que la vida no valía nada. Qué sentido tiene la existencia si lo más codiciado y los más absurdo del mundo es el dinero. De nada vale desmañanarse, transportarse entre idiotas dos horas para estar sentado durante ocho y regresar sin ganas de hacer nada más que ver alguna boba serie de Netflix.

Por eso entonces la supervivencia debería consistir en tener algunos amigos para bromear, otros para discutir y algún otro para que te saque de apuros y nada más. Aislarse del mundo lo más posible para no irritar a nadie. Envejecer en los límites civiles que te permiten respirar tranquilo y sin el ajetreo que existe en las periferias de ese lugar habitable que tanto pretendemos. Acostumbrarnos a nuestra soledad y al placer de lo indispensable. Ser los libros que leemos, las películas que vemos y las veces que nos embriagamos. Erigir una existencia en la comunidad donde crecimos para evitar las malformaciones de pensamiento que podamos provocar en otros. La utopía es la que cada uno de nosotros construimos día a día y también aquéllo que habita nuestras imaginaciones y que nunca podremos alcanzar.