Por Samuel Segura

Surgiste de las tinieblas / con fuego arrasador.

Has escrito la historia / de la humanidad.

Haces siempre lo que quieres sin tener piedad.

Dios eterno, todo lo haces a tu voluntad.

ÁNGELES DEL INFIERNO, “Maldito sea tu nombre”

Todo el mundo aquí dentro adora al Diablo. Es un bodegón ardiente lleno de punks y metaleros en el que ya estamos tocando. Un-dos-tres-cuá. Trato de seguir el ritmo que yo misma he iniciado, pero de inmediato me pierdo; ni con la velocidad de mis tupa tupas consigo emparejarme al resto. Hay tanta gente aquí que no escucho los amplificadores puestos a ras de piso; el sudor del cabello me abrasa los ojos y el humo de cigarro me sofoca. Voy tropiezo tras otro y son ellos quienes voltean a verme; con la vista incendiada trato de entender en qué parte van; golpeo los parches lo más fuerte que puedo pero el único sonido que me devuelven es un zumbido sordo, ahogado. Prrrraaamm prrrummm pttttsss.

Quienes están frente a nosotros no se percatan de mis errores y aplauden muy prendidos cuando terminamos la primera canción.

Es la misma gente que grita, matea y corea la letra de una canción que se compuso hace mucho tiempo.

Ahí está ella.

Sentada como estoy a la batería alcanzo a ver el momento en que el Diablo, aquel pelón tatuado por completo de los brazos, se le acerca, la agarra por los hombros y le dice algo al oído. Luego la abraza. Un-dos-tres-cuá. Para esta segunda rola se arma un slam tan grande que el piso retumba y, entre redobles y cambios de ritmo fallidos, veo cómo la suelta un momento para meterse de lleno a la bola de golpes; con sus potentes brazos rayados descuenta a varios, por lo que algunos prefieren quitarse. Después regresa con ella, la toma de nuevo por los hombros y la abraza.

A media canción me detengo.

Al resto de la banda no le queda de otra que hacer lo mismo.

Pero aquí no hay lugar para el silencio: de inmediato se escuchan los murmullos de la gente, algunos chiflidos. Me agacho para recoger la chela que puse a un lado mío, en el suelo. Le doy un trago muy largo; ya he perdido la cuenta de cuántas llevo.

Aquí abajo el aire es un poco más fresco.

Mis compañeros voltean a verme y uno de ellos sólo alcanza a preguntarme a dónde voy cuando me levanto del banco y me abro paso a codazos hacia donde están ella y ese hombre rapado.

Cuando estoy cara a cara frente a él saco el revólver que llevo en la chamarra negra de cuero. Le apunto lo más firme que puedo y antes de jalar el gatillo le grito:

—¡Ahora sí, pinche Diablo, nos vemos en el infierno!

**

Pocos días antes de morir, mi padre quemó todos sus discos de heavy metal.

Arrojó la colección que había construido toda su vida a un tambo de basura al que le roció gasolina y le prendió fuego.

El tambo duró un buen rato encendido hasta que no quedó rastro de ningún disco. Una gruesa capa negruzca se solidificó en su interior.

—Soñé con Satanás —comentó ese día, mientras desayunábamos—. Un hombre todo rapado, sin cejas, sin vello alguno. De una blancura total. Traía puesta una sotana negra que le arrastraba hasta el piso. Los ojos también negros, completamente. Y una voz que difícilmente olvidaré pero que soy incapaz de reproducir. Me dijo algo así como: “Por fin he vencido a tu Dios y tu alma ahora me pertenece”. A su alrededor todo era oscuro, pero de pronto el espacio se tornó de un rojo total, del que no pude ver ya nada.

Mi madre y yo guardamos silencio y miramos hacia nuestros respectivos platos con cornflakes.

—Todo es culpa de esa pinche música —continuó mi padre, con la boca llena, y señaló con el dedo índice, sin mirar, al mueble donde tenía todos sus discos.

Luego la miró a ella y le dijo:

—Hoy mismo me deshago de ellos.

Tan pronto acabó el desayuno se dirigió al cuarto de los triques, buscó aquel tambo de fierro en el que guardaba un montón de cosas y lo vació.

—¿De verdad lo vas a hacer? —le pregunté.

—Sí.

—Papá, sólo fue un sueño…

—Ya sabes lo que opino de los sueños: son la puerta de entrada al otro mundo —dijo, agotado. Mi padre era un hombre muy grande y gordo (medía casi uno noventa y pesaba casi ciento veinte kilos). Se agotaba con mucha rapidez—. ¿Vas a ayudarme?

—Ma, ¿no piensas decirle algo? —inquirí a mi madre, pero cabizbaja no me respondió.

Desde aquel día empezó a convertirse en una mujer en silencio.

Entretanto mi padre sacó la primera pila de discos, y sin rasgo alguno de remordimiento la arrojó al tambo.

Desde el comedor se escuchó el crujir, el choque de cajas contra el fondo.

Lo alcancé, pero las llamas hambrientas ya habían consumido sin tregua los discos compactos.

El humo rápidamente acaparó el espacio.

El fuego. Nunca he visto tanto fuego en mi vida.

En ese instante temí que mi padre arrasara con todo aquello que la música representaba para él. Corrí a mi habitación y le llamé por teléfono al Gigante. Así le decíamos a aquel joven que no alcanzaba el uno sesenta.

—Hola, querida.

—A mi papá se le botó más de lo normal.

—¿Y eso?

—Tengo miedo de que le vaya a pasar algo a Roberta.

—¿Por?

—Ayúdame a recogerla, por favor. Ahorita te explico.

En cuanto colgamos salí corriendo al patio: mi padre ya había puesto dos banquitos frente al tambo incendiado. El humo volaba hacia el cielo; su negritud parecía proceder de la supuesta maldad que todo ese material poseía.

—Siéntate, hija —dijo, y le dio dos palmadas a la superficie del banquito que estaba a su lado.

Permanecí de pie.

—Un día entenderás por qué hago lo que hago. Sé que ahora reniegas, pero cuando llegues a mi edad, ya te lo he dicho, el Señor iluminará tu camino.

Permanecí en silencio, apretando los puños. Escuchándolo. Por suerte el Gigante no tardó en llegar en su auto compacto usado color naranja que compró ahorrando lo que ganaba de chalán en un taller mecánico; con su pequeña mano tocó la puerta del zaguán. Fui a abrirle.

—¿Qué pasó?

El Gigante observó a mi padre y al tambo de reojo mientras nos encaminábamos hacia mi habitación. Discretamente me preguntó:

—¿Qué está quemando?

—Sus discos.

El Gigante mantuvo los ojos abiertos hasta que llegamos con Roberta, la batería Tama Artstar II blanca, como la que usó Lars Ulrich para grabar el disco negro de Metallica. El instrumento ocupaba casi todo el espacio de mi cuarto: tenía doble bombo, seis toms de aire, dos de piso y quién sabe cuántos platillos.

—Llévatela —le dije.

—¿Por qué los está quemando?

—Por favor.

Mi padre ni cuenta se dio cuando la desarmamos y la subimos al coche. No nos tomó mucho tiempo hacerlo, pero apenas y cupo. Cuando terminamos, el Gigante sacó sus lucky strikes y fumamos recargados en su automóvil, mirando al horizonte rojizo y desolado de nuestro barrio.

Hecatepec.

—¿También quemó sus acetatos?

—No, por suerte ésos están en casa de mi abuelita.

—Si quieres vamos por ellos.

—Dudo que quiera dármelos.

—Si quieres voy yo.

—No, a ti ni te conoce…

—Dile entonces a tu jefa.

—No, ella está ahorita del lado de mi papá —dije, y aplasté la colilla del cigarro con mis botas tipo militar.

A la distancia mi padre seguía observando el tambo, ensimismado, aunque hacía un rato que las llamas se habían consumido.

 


Samuel Segura es egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. Desde 2016 estudia guión cinematográfico en el Centro de Capacitación Cinematográfica. Es además baterista y letrista de Asedio, banda de la que es integrante con tres discos grabados. En 2012 recibió el Premio Nacional de Novela Corta de Humor en su primera edición, organizado por el Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes, por El sufrimiento de un hombre calvo. Ese año recibió también el Premio Nacional Rostros de la Discriminación “Gilberto Rincón Gallardo”, en la categoría de crónica en medios impresos o internet, por Viaje al ritmo de un perreo.


*Fragmento de la novela Metal (FCE-UNAM, 2018) que fue acreedora del Segundo Premio de Novela Juvenil Universo de Letras 2018. Agradecemos las facilidades del autor para su publicación.