Por Alexandra Fernández

México, donde la imagen de una mujer jaloneada de las greñas por un hombre ha ido condimentando nuestra sociedad, con grandes descubrimientos y crecimiento social, desafortunadamente la base de una idea sexista hace que perdamos equilibrio y empatía entre nosotros.

Recientemente subieron el vídeo de una mujer acuchillando a su pareja, los minutos transcurren cuando su actitud cambia de agresiva a pasiva, drásticamente, se puede ver que la mujer esta intoxicada. Me sorprende la reacción de la gente en las redes sociales, tales condiciones se han convertido en un entretenimiento de bajo presupuesto viral ¿cómo un efecto así nos puede alejar de nuestra humanidad? Hablamos de un trastorno mental en donde la víctima somos todos nosotros al ser espectadores, el mundo es el psiquiátrico más grande, esto existe desde siempre en sociedades aparentemente avanzadas; contemplamos nuestra suciedad, señalando condiciones ajenas siendo víctimas de un sistema sobrevalorado.

Hablamos de género y su función actual es desfragmentar núcleos importantes para el desarrollo social ¿Evolución o involución? Rápidamente avanza el desequilibrio personal en nuestra generación, por ejemplo; un grupo de jóvenes crearon un programa por YouTube que consiste en mostrar a infieles a cambio de unos cuántos billetes, la gente accede a ser partícipe de pantomima cruel permitiendo que alguien ajeno a sus vidas invada su intimidad tomando el móvil y leyendo en voz alta los mensajes privados con el entusiasmo de encontrar algo y cabrear un noviazgo, el público disfruta el amarillismo, sedientos por destruir la integridad de alguien al azar, una moneda al aire para hacer trizas a personas, lo poco que nos queda de intimidad a cambio de unos billetes.

Ejemplos así prostituyen la personalidad de aquellos que disfrutan el salvajismo humano, no requerimos hablar de género en cuanto a la prostitución social, se decía que el hombre era el que ejercía violencia contra la mujer, hoy podemos desmentir esa idea con criterio, no es cuestión de género, la violencia nos toca a todos, el ingenio social de unos cuantos para sabotear estructuras y ganar “likes”, popularidad y cifras. Continuamente observamos ejemplos, podría decir que es el spam del pan de cada día, el engañoso sorteo con uno mismo donde tarde o temprano uno debe caer, no obstante, la caída te da un nivel de empatía con otros para así forjar comunidades débiles (la soledad es mal vista) donde todo se rige en control, sutil manipulación de masas.

Desde pequeños nos hablan de pureza, nos muestran pureza; en símbolos, publicidad… poniéndonos un ejemplo como estandarte y guía para crecer debidamente, la culpa se descubre cuando uno comienza a gobernarse lo cual atrae desilusiones y un desequilibrio, al momento de derrocar posturas (que no todos logran), volvernos espectadores de nosotros mismos transforma esa obra maestra en donde nuestros padres o mentores colocan miedos, esperanza y vestidos con bisutería engañosa muchas veces nombrada AMOR, ciegamente entramos a la frustración, nos sometemos al reflejo de todo aquello que nosotros no somos capaces de ser, la caída nos acoge, cobijando nuestras frustraciones, mientras nos ordenan ver, sentir y ser.

Optamos por no pertenecernos totalmente, ya que pensar y actuar con humanidad e independencia es complejo y cansado. Grandes mentes terminan entre las cenizas de la lucha contra el sistema. Un ejemplo es Aaron Swartz, mente brillante que persistió hasta que las garras del sistema encontraron la forma de terminar con él. ¿Entonces podríamos decir que lo que llamamos impulsividad en la actualidad es una cuestión de género instintiva o simplemente es el reflejo de siglos de sometimiento?

Después de darle un giro rotundo al tema, en conclusión, no viene de un ataque hormonal, viene de todo aquello que se ha visto corrompido, el cuerpo aguanta, pero es como si la mente fuese prisión sometida en sus pensamientos y capacidades, deja de ser autónoma, constantemente recibe información donde la mayor parte es basura, la mente debe digerir pero la carga es lenta, pasan años y un día se arroja al mundo, un impacto fuerte y crudo, es como volver a nacer, entre realidad y tanta información digerida no se puede tener autocontrol, puesto que nunca se desarrolló, la mente estuvo mecanizada, el cuerpo busca desesperadamente un sedante capaz de reestablecer la normalidad amorfa de su prisión, es imposible, se tiene de dos; experimentar y conocer la verdadera autonomía desarrollando autocontrol en base a la experiencia sin sabotearse, o desarrollar un símbolo de autocontrol (persona, objeto, actitud destructiva)  cuando se carece de criterio, éste se convierte en detonantes que destruyen la integridad y la vida misma.

La impulsividad se ha convertido en un síntoma social capaz de enfermar grandes civilizaciones y todo ello es gracias al carente flujo de autoexploración, pesadez en pensar para actuar. Cierto es que uno es lo que consume, somos cien por ciento responsables de lo que permitimos entre en nuestras vidas, pero ¿estamos dispuestos para afrontar las consecuencias del sistema en el que hemos elegido desarrollarnos?