Por Francisco Santoyo Pérez

En la esquina, a dos casas de una pulquería de baja estofa; fachada verde pistache, un anuncio de clases de zumba: todo concordaba. Dudé entre tocar o no el timbre. Pero ya estaba allí y no alcanzaría el metro de regreso, faltaban seis para las doce. Diez segundos después, salió un tipo cruzado de brazos y tan cubierto que parecía querer mantener su anonimato más que yo. Vengo con Manning, le espeté la contraseña. ¿Tú solo? Sí, yo solo. Son doscientos. Le extendí el billete. ¿Qué traes allí? Entre los toqueteos a mi mochila, halló los condones. Evité su mirada.

El patio de entrada era mitad garaje en el que cabían tres carros-lancha, mitad jardín con macetas desbordadas y desperdigadas por el área. Un señor de cierta edad, alto, encorvado y chimuelo me extendió la mano. Nos presentamos. Era Manning.

Te voy a explicar la dinámica de las reuniones, me dijo con la misma voz perversa y chillona con que me había contestado el teléfono noches atrás, la mayoría llegan con parejas, pero algunos, como tú, llegan solos. Venimos a pasarla bien. Ahí, y apuntó a la mesa de una esquina, hay refrescos y vinos, puedes servirte lo que quieras, pero si veo que te pones borracho, te saco. Aquí todo se hace con respeto y te va un consejo: no porque veas que yo soy un chingón con las viejas, les meto mano y me las cojo, vayas tú a creer que puedes hacer lo mismo. Si quieres hacer lo que yo hago, tendrás que primero pedirle permiso al marido, servirle una copa a la dama, invitarla a bailar, platicar con ella, tratarla bien, serle agradable y ya después se ve si sí quiere o no coger contigo. Pero si te dicen que no, es no ¿entendido? Le respondí que sí, aunque en realidad su explicación meritocratica del sexo que podía obtener en ese lugar me contrarió. No sé bailar ni hablar ni ser agradable con las mujeres, precisamente por esa nulidad social que soy fue que asistí a un tugurio de poca monta como ese. Había llegado con promesas de que en Mannig’s se aceptaba a los leprosos de la socialización y se les daba oportunidad de coito sin los trámites usuales que lo harían posible en la vida real. Hundí mis ojos en el suelo y me serví un wiski en las rocas.

El interior de la sala era iluminado por una bola disco. Las sillas estaban dispuestas al borde del perímetro. Una bocina de veinte mil watts reproducía cumbias ahora, rancheras después, José José más tarde, junto con otras cerezas inminentes de un depresivo pastel sonoro. Aparte de mí y Manning, estaba una pareja cuarentona o cincuentona. Detrás, varios años detrás de la gordura de la mujer, debió haber habido voluptuosidad en sus carnes (aunque sólo en un paraje de tan ínfima estofa como en el que estábamos ella continuaba siendo una esposa trofeo). Observé cómo Manning bailaba con ella, metiendo su mano en las nalgas forradas por un vestido corto, plástico y lúbrico, todo frente al esposo, que observaba sonriente. El otro individuo que estaba ahí era un prognato masturbador compulsivo. Tenía cicatrices sembradas por toda la cabeza rapada, como para darle un semblante más perturbador. Sin embargo, era decente y prefería la sugerencia al exhibicionismo: se había colocado una chamarra sobre la entrepierna, parecía como si cubierto en la ingle tuviera un corazón vivo.

Poco a poco fue llegando más gente, a razón de una pareja por cada dos solitarios. Mis esperanzas estaban muertas para entonces, así que me seguí sirviendo alcohol (dejé de hacerlo hasta que vi al masturbador manoseando los hielos, entonces abandoné el a las rocas y la bebida del todo). Habría cinco mujeres en toda la sala. Los solitarios le pedían permiso a los oíslos para sacarlas a bailar. Ellos accedían y se quedaban impasibles, mirando de reojo cómo manoseaban a sus mujeres, como si no obtuvieran ningún goce de ello y estuvieran cumpliendo una condena a la que se habían acostumbrado. La esposa de uno de esos tipos me contó, cuando intenté hacerle la plática, que iba obligada por éste. Así lo evidenciaban su torpeza para bailar y su mirada extraviada en las luces de la bola especular. No es que yo juzgara sus pasos a modo de burla o de reprobación, sino que al verla seguir el ritmo, me decía que yo mismo no podría hacerlo mejor y que claramente quien diera un espectáculo tan lamentable tenía que estar obligado a ello.

Sentí pena por ella, pero también por su esposo, verlo me provocaba nauseas, y también por todos los demás presentes, especialmente por mí. Todos allí éramos gente miserable, como la que se ve todos los días en el metro o en el microbús. Rostros anónimos que cuando adquirían uno era el de la depravación. Sobre todo me encontraba decepcionado, pues el don de la pulquería, al ver mi ineptitud para ligar con una chica, me recomendó ir a un club swinger. Niñas más bonitas que esa, apuntando con la cabeza a la que me había rechazado, llegan y maman tu pene de a gratis y bien rico, me había dicho. Yo quería creerle todo. Y así lo hice. Por eso había llegado a Manning’s. Por eso me encontraba con la moral más debajo de los suelos: no había niñas ni bonitas ni nadie me había dado una felación.

A donde quiera que volteara estaba el masturbador y seguía aplicado a destazarse el pene. Me sorprendió que alguien durara tanto tiempo en un acto que generalmente resulta inmediato satisfacer. Las tres horas que estuve allí, él no dejó esa trepidación debajo de la chamarra que le cubría la verga. Tal vez ya no se la cascaba o tal vez no tenía nada qué estimular y su placer provenía del fingimiento. Al verlo con la mirada saltando de una pareja bailadora a otra, como si todo indistinto fragmento de realidad le resultara erotizante y como si tratara de captar tantas imágenes como le fuera posible para obtener mayor placer de cada una de ellas, al verlo así, digo, me reconocí varios años después. Cuando tuviera cincuenta, tras décadas de soledad, perdería la razón (o recuperaría la cordura) y me daría al onanismo en la vía pública, primero guardando las formas y ocultando lo mejor posible mi parafilia, luego descaradamente haciéndolo en plazas públicas, a la vista de niños y ancianas como Diógenes. Aunque ese hombre había pagado doscientos pesos para entrar a un lugar en el que podría masturbarse tanto como lo haría allá afuera, sólo que con el consentimiento de los demás. Todos accedían a prestarle su imagen al masturbador para que este se desquiciara los genitales. Me parecía como un caso de las pasiones simples de las Ciento veinte jornadas de Sodoma. En algún momento nuestras miradas se cruzaron y, lo admito, me sentí halagado por resultarle atractivo a alguien.

La iluminación, la música, la gente y el aire viciado fueron abatiéndome más, no obstante, había un algo de atrayente en esa podredumbre estética. No quería marcharme hasta no haber terminado de recorrer sus abismos. Hacia las dos de la madrugada, una decena de los presentes se habían dirigido a otra habitación. Los seguí. La casa era amplia para una sola persona, tuve la impresión de que Manning vivía solo. Después de atravesar un pasillo de quince metros y varios cuartos cerrados que lo flanqueaban, llegué al jaleo. Era la habitación del fondo, la única sin puerta. La regordeta cincuentona y otrora voluptuosa estaba siendo penetrada por uno de los invitados y mamándosela a su marido, todos de pie; los demás miraban, entre ellos, el masturbador, quien ya se había despojado de su chamarra. La carne de toda esa gente despedía un olor amargo.

En el acto coital no idealizado uno se da cuenta de la fragilidad de los cuerpos, de lo insignificante y básico que es el acto de penetración. En sí mismo es un roce de carnosidades, vellos desbordados, un intercambio de fluidos agrios, jadeos y espasmos. Pero hemos rodeado a esa función fisiológica de un aura de prohibición y grandeza, cuando lo cierto es que se trata de un acto tan natural y repugnante como comer o cagar, eructar o estornudar. En un cuarto mal iluminado como ese, con espectadores tan ensimismados como lo estarían al ver su serie favorita de Netflix, y sin el glamur plástico que al acto le imprimen las producciones pornográficas, el sexo se vuelve algo pedestre e indiferente. Lo mismo me habría ocurrido si en un ambiente como ese, ante esas circunstancias anímicas que experimentaba, hubiera presenciado una práctica que normalmente me indignara: una pelea de perros o una decapitación. Salí un momento al baño, para orinar. Me preocupó tener una erección. Estaba por retirarme, pero el morbo me hizo volver a presenciar el acto. Algunos ya se habían ido, sólo quedaban el masturbador y otros dos que ya le agarraban las tetas a la mujer. Me fui ahora sí.

Pude haber pedido un Uber o haber esperado el camión veinticuatro horas –cinco kilómetros me separaban de casa-, pero estaba con ánimos de caminar. El viento me ayudaría a meditar lo que había atestiguado y a ventilar mi cuerpo que ya empezaba a oler a la humedad del club swinger más triste de la ciudad.