Por Jonás

No cabe duda hoy en día que las fibras más delgadas del sistema-mundo moderno y capitalista se encuentran en el ciberespacio. Salvo algunos que siguen perpetuando la necesidad primitiva de enajenarnos de la realidad social; esta idea se ha vuelto un consenso social inevitable. Pues las contradicciones del capitalismo se han deslizado en las últimas décadas, de ahí la necesidad de hacer una lectura crítica y anticapitalista que sepa en qué época está situada.

Los analistas geopolíticos y expertos en geoestrategia han apuntado en los últimos años que este espacio de interacción global se ha convertido en el blanco de las potencias globales que hoy se disputan la hegemonía (https://bit.ly/2UJHG3v). Por ello su dominio en las interacciones de los usuarios es crucial para muchos, pues como lo hemos entendido a partir de Antonio Gramsci, el sistema-mundo no solamente se disputa el poder a nivel político y económico, sino que requiere de su penetración cultural y subjetiva.

En los últimos meses, casos como el de Cambridge Analytica y Cultura Colectiva vuelven a poner sobre la mesa aquel debate profundo, que muchas veces se queda en el nivel moralizador que convierte al dilema ético de la interacción en una mera cuestión anclada en los sujetos que utilizan las redes virtuales sin siquiera poner en entredicho el papel de las grandes corporaciones y su alianza con las élites que mueven los hilos globales.

Lo que hoy sabemos de Cambridge Analytica, esta empresa británica dedicada al análisis de datos, es que obtuvo y usó la información de cerca de 50 millones de usuarios de la red social Facebook que después fueron utilizados para incidir en las elecciones presidenciales de Estados Unidos, donde resultó ganador Donald Trump, un oficioso reconocido legalmente, pero cuyo escándalo se desató cuando el mundo tuvo acceso a declaraciones en donde uno de sus ejecutivos reconoció que la información también se utilizó para plantar noticias falsas y desacreditar a otros candidatos para mover las preferencias electorales.

Por otro lado el caso mexicano de Cultura Colectiva, un sitio de noticias, expuso al público en general los datos de las interacciones de cerca de 540 millones de usuarios, con registro de los llamados “me gusta”, reacciones a publicaciones o propias publicaciones y cuentas de usuarios.

Los medios han contribuido en crear distractores importantes para no ahondar en este debate necesario hoy en día, y los casos se nos muestran como meras coyunturas o cortocircuitos de un modelo de sociedad que sigue teniendo vigencia.

Tanto en el caso de Cambridge Analytica como en el de Cultura Colectiva nos hemos dado cuenta de que la información más mínima sobre aquello que les interesa a los sujetos se ha vuelto una moneda de cambio codiciosa, finalmente la información siempre fue blanco del poder imperante o su sinónimo.

La más detallada información de los usuarios de la Internet se vuelve fundamental para los gobiernos y las grandes corporaciones, en su afán por mantener el control de las vidas y la lógica en la que estas se mueven. De pronto el capitalismo tiene en sus manos la información necesaria para que las empresas toquen los corazones de los consumidores, algo que nunca se hubieran imaginado los publicistas de los años 50, o quizás nunca hubieran podido medir la dimensión que esto tomaría.

No es información nueva, desde la creación de Wikileaks, por parte de Julian Assange, hemos tenido un acceso privilegiado a eso que solo habían sabido los “poderosos”, pues siempre destacó la importancia de cómo nuestra exposición a la información global estaba atravesada por la vulnerabilidad de nuestra privacidad para ser usada por las grandes corporaciones y sus intereses económicos.

La Internet como campo de batalla, en ese sentido, supone dos tópicos importantes o principales, de los cuales podrían derivar más. La importancia por hacerse del control informático reside en que la información se convierte en moneda de cambio para la generación de nuevos consumidores y tener mayor penetración en la subjetividad de los usuarios.

Pero también supone la configuración de la información como el deslizamiento de la propiedad intelectual en los datos que se comparten, una nueva forma de propiedad privada que hace que las empresas mantengan su dominio sobre la tecnología y lo que ofertan. Ambos casos parecen evidenciar la importancia de nuestra información como nuevo “capital cognitivo” (https://bit.ly/2VX2IYQ).

Tomando en consideración este contexto actual, el filósofo esloveno Slavoj Žižek retoma el relato de la revolución de octubre y la importancia de la penetración de ciertos sectores especializados en las fibras más relevantes que detentan quienes ostentan el poder estatal. Su retorno a un Trotsky que alista sectores técnicos en la burocracia suponen para Žižek una posición estratégica clave que puede ser reutilizada en esta nueva era, con sus implicaciones contemporáneas.

De ahí que para Žižek, Julian Assange sea visto como una figura revolucionaria del siglo XXI, junto a otras figuras del espectro informático como Edward Snowden y Chelsea Manning, cuya labor ha ayudado a desnudar las atrocidades de quienes hoy ostentan la hegemonía global.

La detención de Julian Assange enciende todas las alarmas para quienes se plantean con seriedad el dilema de la emancipación social y la revolución en el siglo XX. Me ha sorprendido la poca respuesta local que este evento ha tenido en nuestros países, donde parecen imperantes las lógicas del altermundismo primitivista y particularista que se desconecta del mundo.

Assange, como lo ha señalado desde hace algunos años el filósofo Slavoj Žižek en algunos de sus artículos y conferencias, es el último gran referente de una izquierda que se podría plantear la cuestión revolucionaria con la profundidad que esto requiere para nuestra época.

Casos como el de Cambridge Analytica a nivel global y Cultura Colectiva a nivel local, plantean la necesidad de repensar justamente nociones tan problemáticas como el «significante-amo» de Lacan en perspectiva política, tal como la plantea Žižek. Pero el debate es tan amplio que entrar en él es apenas un comienzo, una provocación, una serie de acontecimientos difíciles de sintetizar, un entramado de tópicos que más que respuestas nos deja con muchas preguntas.