Por Mauricio Neblina

El acto de comer se me hace tan repulsivo como el de cagar; deglutir y excretar, básicamente lo mismo, pero a la inversa, uno es para adentro, otro para afuera. Estar sentado en la tasa del baño es la posición de mayor vulnerabilidad que cualquier humano pueda tener. Puedo ser apuntado con una pistola y me sentiría humillado, peor aún si lo hicieran mientras estoy cagando. Asimismo el acto de comer. Que nadie me moleste mientras como.

El baño es probablemente el lugar de una casa donde mayor privacidad se tiene. Malditos los que se atreven a tocar o gritar si está ocupado cuando la puerta está cerrada. Aquéllos que lo hacen deberían quedarse sin ventilador en el infierno. En ese cuarto uno convive con el auténtico aroma de la desnudez después del sexo o luego de jugar un partido de futbol que deja apestosos los testículos, pero en especial el de la propia caca, y no hay culpa en dejarlo oloroso, pues para eso es. Además, en ese pequeño espacio uno se deprime en silencio por ver la piltrafa que hay debajo de la ropa, ahí, lugar de sagrada intimidad, es donde se nota por primera vez el chancro de la sífilis, se toman los mejores packs y las mejores fotos de perfil para Facebook, se viven algunas intensas masturbaciones e incluso relaciones y vaya usted a saber para qué otras perversiones se ocupe. Pero eso sí, desgraciado el arquitecto que lo coloca a un lado del comedor o la sala, porque nos hace luchar y sudar por no hacer ruido, como si  fuera el chiste perfecto repetido quién sabe cuántas veces que se llevará a la tumba.

En paralelo, para mí el comedor es tan privado como el baño. Que se vayan al carajo aquellos que se sientan en la misma mesa donde estoy comiendo, mucho más cuando se trata de imbéciles con quienes no tengo nada que hablar. Existe pudor cuando como, así como cuando cago. Algo le aprendí a Chabelo. Sólo comparto la mesa con quienes más confianza les tengo. Ellos me han visto transformar un pedazo de carne en bolo alimenticio y limpiarme la grasa de los labios al igual que me limpio la caca del ano. Así como cagar en soledad es lo socialmente aceptable, comer solo debería ser ley humana. Alguna vez leí un texto de Antonio Calera-Grobet en donde decía que los mayores hedonistas son los que comen solos, los que verdaderamente disfrutan el sabor de un platillo sin distraerse con las pláticas de otros. Por lo tanto, me considero uno de ellos, o más bien un antipático. No hay razón para compartir los alimentos porque deglutir, como cagar, es privado y más disfrutable, a excepción que la compañía exclusiva en la mesa sea sublime.

Pienso que hay una irremediable pérdida de tiempo al comer. Si no tuviera esa necesidad, no lo haría. Podría vivir sin probar bocado alguno, únicamente alimentarme de nutrientes encapsulados o de recargas líquidas como en el caso de la gasolina y los carros, pero con whisky y tres hielos. En cambio, siento un placer por la ligereza, desechar todo y recomenzar, como un botón de reset en el estómago e intestinos. Placer anal. ¿Algo tendrá que ver con un deseo oculto de sodomía?