Por Ernesto Hernández Doblas

I

Leopoldo María Panero no quiere hablar. Lo podemos ver en sus imágenes de loco y cuerdo (que son una misma) y darnos cuenta de que sus labios únicamente se abren para recitar su agonía o cantar sus delirios.

Dice un rotundo No al juego de la babel unificada por un lenguaje que oculta la realidad de sus desiertos. Por cada pantano hay una orden de callar, por cada infierno un San Pedro cuyas llaves impiden la entrada a la casa de la llaga que junto a la de dios es una y la misma.

 

II

Leopoldo María Panero Blanc nación en Madrid un 16 de junio de 1948 y se dedicó principalmente a la poesía como una forma de cruzar el infierno; parecido a las brujas que van gritando blasfemias y cantando rumbo a la hoguera con versos como este: “Largo tiempo en el foso de las serpientes, contemplé sus juegos mientras el cuerpo de mi padre era despedazado”.

La locura en su caso no fue licencia poética sino una ética que llevó a cuestas con su cruz y su ceniza a la montaña y a los centros psiquiátricos en donde fue internado en repetidas ocasiones, algunas de ellas por voluntad propia.

Finalmente, ingresó de forma permanente al manicomio de Mondragón y casi diez años después se estableció en la unidad psiquiátrica de Las Palmas de Gran Canaria. Por su obra y vida logró forjar una leyenda oscura y poderosa al igual que inquietante. Una obra que aún hoy nos interpela como los graznidos de un cuervo desde los espejos donde nos miramos cuando nadie lo hace.

 

III

De cierto os digo que la lengua de Leopoldo es la del niño malcriado negándose a probar ese bocado inmundo (mezcla de baba y sapo negro) puesto ante sus ojos por ese institución llamada la familia, por esa otra cárcel/manicomio/escuela. María no quiere hablar, un espíritu de contra-dicción ha preñado su cerebro con el espíritu santo de la rebeldía.

Malditos los que quieren aún hablar -piensa- en especial, malditos los poetas bufones de una lengua ya podrida. Si en el principio era el verbo, Panero quiere darle su telón abajo para escribir entonces una nueva biblia que en lugar de versículos verse pentagramas de la carne torturada por el mundo pero aullante. Leopoldo no quiere hablar: hace poesía.

 

IV

‎”Este árbol es para los muertos. Para nadie más que los muertos”.

 

V

¿Qué es el Habla? Apocalipsis del Ser -revelación y derrumbe-. El habla ya no habla señor Heidegger, el habla oculta, pervierte, sujeta, deforma. El habla es velo de Maya. Instrumento de invisible inquisición.

Hablar es en/mudecer al Ser y no ser es su destino, porque ahí nada escapa de la policía secreta del Secreto. Mejor tener hocico de perro que boca de hombre, mejor graznar o hacer del cuerpo sublime zoología: mejor perro que discurso. O mejor: Poesía.

Leopoldo María Panero es poeta al que lo que menos le interesa es interesar a quienes cagan poesía que luego venden en frascos bien etiquetados. Él sólo es un hombre que vive al ras electrificado de la Vida y aúlla en forma de poemas cada vez que hace contacto con ella.

“Y la vida apesta como lo que es, como una mujerzuela”.

Piedra negra que tiembla sobre una piedra blanca: chispas que hacen incendio en un bosque de sombras en un buque fantasma. ¿Qué es poesía? Artaud y Panero sobre una mesa de electroschoks. Poesía no eres tú, poeta de bolsillo, perro faldero del lenguaje, pequeño hombrecito que ni a Hitler llegas. Poesía no eres tú ni eres gloria dictada por algún dios aunque laureles de la mierda o tronos de rey desnudo.

Dice Panero que el poema es feto de ángel.

“…en los bosques del estiércol desfilan lentos los sapos de los muertos”.

Dice Panero que la palabra del poema es más terrible que el diablo que endulza el ser. Entre las patas del diablo anda Leopoldo, quemándole las barbas de su tristeza verde, de su cannabis de quinto patio.

¿Qué es poesía? Fausto y Panero sobre una mesa de ratas.