Por Manuel Ayala

Este artículo se publicó originalmente en la revista La Quincena, de Monterrey, Nuevo León, en su edición impresa número 174, de agosto de 2018, antes de la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de México, quien durante lo que va de su gestión ha cambiado los paradigmas del periodismo nacional.

“¿Qué futuro les queda a los periódicos en papel? Esa es una de las cuestiones. Y nadie acierta en la predicción”, señala Antonio Lucas, columnista del diario El Mundo, en un artículo titulado “Los periódicos ante el abismo: ¿lograrán sobrevivir?” (19/02/2017), en referencia a que Bill Gates, en los años 90 del siglo XX, les auguró una década más para su desaparición, y falló.

Desde entonces, agrega, “gurús, videntes del negocio, chamanes de la causa, santeros del medio y también algunos profesionales solventes especulan sobre la caducidad de la celulosa”. Alusión que bien podría encajar con lo dicho por Philip Meyer, autor del libro The Vanishing Newspaper: Saving journalism in the information age, quien afirmó que ésta caducidad podría ocurrir en 2043.

Para saber si esa predicción se llega a cumplir, aún nos restan 25 años. Sin embargo, es evidente que conforme pasa el tiempo son cada vez más los diarios que vienen cerrando sus ediciones impresas, o que se han mudado de lleno a la edición digital.

En su artículo titulado “¿La muerte del periodismo impreso?” (Excélsior, Dinero, 24 de marzo de 2009), el columnista Octavio Islas señala que si bien las afirmaciones que se hacían en los años 90, relativas a la desaparición del periodismo impreso “eran consideradas absurdas”, lo que encendió las alarmas en el periodismo fue cuando los directivos del Post Och Inrikes Tidningar, publicado desde 1645 en Suecia y que lo hacía el más antiguo del mundo, decidieron retirar su versión impresa el 1 de enero de 2007, y pasar a la edición digital.

Una acción que después han venido realizando otros diarios alrededor del mundo. Sin embargo, es el mismo Islas quien afirma que, al menos en México, “la prensa parecería disfrutar de una situación excepcional”, sobre todo si consideramos las cifras relativas a la inversión publicitaria. Según datos del gobierno recopilados por Fundar, un centro de análisis de transparencia, tan solo en 2016 el presupuesto asignado a publicidad en medios fue de más de 10 mil 698 millones de pesos.

Por lo tanto, la crisis y posible extinción del periodismo escrito en México habría que considerarse bajo otros rubros o factores. Uno de ellos la acelerada vida informativa y el inmediatismo que genera el Internet. Aunado a la falta de lectores-consumidores, la falta de credibilidad y arraigo que se genera entre las nuevas generaciones, y en menor medida la disminución en el ingreso publicitario a quienes ejercen el sentido crítico contra los gobiernos en turno.

Es sabido que con la llegada del Internet y las nuevas herramientas tecnológicas, la información está más cerca y a la mano de los posibles lectores. Pero es sabido también que el tener toda la información tan cercana y no pasar por ese filtro periodístico, también genera tres grandes aspectos tan cuestionados en la actualidad: las fake news, el “periodismo ciudadano” y la falta de credibilidad.

Sin embargo, sigo pensando que no son estos los principales problemas a los que se enfrenta actualmente el periodismo impreso, mucho menos al dominio de la generación Millennial. Me parece que el problema en sí mismo es la forma de hacer periodismo y periódicos en general hoy día. No hemos entendido que los tiempos cambian y que el periodismo impreso esté muriendo, “parte de esa culpa también es nuestra”, como asegura Antonio Lucas.

Cada vez son más los lectores que les creen más a los ciudadanos que, inmiscuidos en los eventos, transmiten en vivo a través de una de sus redes sociales. Cada vez son más los portales que publican fake news, información sesgada o de engaño, y cada vez son más los que las creen y las comparten. Eso ha generado que sean cada vez más los medios y periodistas que estén perdiendo la credibilidad debido a las formas de hacer y compartir noticias, independientemente de la veracidad de la información.

Lo sabemos y señalamos como un “estorbo”, como un problema que resta al periodismo en general, sin embargo, algunos editores en México aún no han sabido compaginar la relevancia de la información en los diarios impresos con la información en tiempo real. Hay diarios en los que las ediciones impresas parecieran ser otra vertiente editorial a la edición digital; dos diarios en uno, lo cual no genera empatía, no mantiene arraigo entre las nuevas generaciones.

El artículo “Who killed the newspaper?”, publicado el 24 de agosto de 2006, en la edición impresa de The Economist, se menciona que “para reducir costos, (los diarios impresos) ya están gastando menos en periodismo”, y justamente en el afán de tratar de atraer a los lectores más jóvenes, están cambiando “la mezcla de sus historias hacia el entretenimiento”, es decir que ahora están ponderando “el estilo de vida y los temas que pueden parecer más relevantes para la vida cotidiana de las personas que los asuntos internacionales y la política”. Situación grave que obviamente repercute en la forma de mantener al diarismo impreso.

Pese a que así ha venido presentándose el panorama, no podemos dejar tampoco de lado la resistencia que algunos diarios impresos han sabido sortear incluso con la agresión y amenaza latente del crimen organizado. Tales son los casos de Ríodoce, fundado en 2003 en Culiacán, Sinaloa por Javier Valdez Cárdenas (asesinado el 15 de mayo de 2016 en su natal Culiacán; caso todavía en la impunidad), y el Semanario Zeta, fundado por don Jesús Blancornelas en Tijuana, Baja California.

Este último semanario en el que actualmente laboro (que ha sufrido el asesinato de su co fundador Héctor Félix Miranda y de su editor Francisco Javier Ortíz Franco, además de un atentado al señor Blancornelas), bien sirve como ejemplo de esa resistencia a no morir, a no desaparecer, a no mudarse de lleno a la versión digital, a no cambiar su estructura y su forma de hacer periodismo crítico. Un semanario que día con día concentra todo su fuerte informativo en el impreso que sale todos los días viernes y que a lo largo de sus 38 años de vida se ha convertido en toda una tradición.

Un semanario que ha sabido transformarse conforme ha pasado el tiempo, pero que a pesar de la inmediatez de la información no se ha abocado todavía de lleno a resarcir esa fórmula en la edición digital. Si bien, no es porque exista un desgano o desinterés marcado en ello, sino porque hay una firme intención de informar de manera más detallada, más minuciosa y completa, algo que también se ha estado perdiendo en los diarios tradicionales.

Más allá de que estos puedan representar aspectos aislados o de resistencia a morir en el impreso, aún no se pueden sopesar de lleno para saber hacia dónde se conducirán esos semanarios, para determinar si es la fórmula adecuada hoy en día o para estipular si se deben hacer cambios antes de que el tiempo diga otra cosa.

Lo que sí podemos determinar hoy en día, y de manera muy general, es lo que bien señala el periodista español Arcadi Espada, en el sentido de que  los periódicos “tienen que vivir una revolución”, sobre todo porque, como lo señalé más arriba, seguimos haciendo “los mismos periódicos que en el siglo XIX, sometidos incluso a la enfermedad infantil del periodismo, que es el perrodismo, es decir, aquella definición un poco animal de la noticia”.

Revolución que tiene que empezar ahora y a gestarse en los años venideros, de lo contrario los 25 años que restan para el vaticinio que ha lanzado Philip Meyer no significarán nada y seremos nosotros mismos quienes estemos cavando las tumbas de nuestros diarios impresos.


*Abajo puedes leer los artículos que complementan la revista, dedicada al tema de la “Vigencia del periodismo impreso y digital”.