Por Sergio Urista

Fragmento de “El descriptor del Numen y la mirada de Esteno”, tercer cuento de la antología “El descriptor del Numen” (Editorial Lapicero Rojo, 2018).

La primera escultura que hizo el mexicano Otilio Horcilla Degollado fue heñida en Navidad y fue una colaboración con sus padres. Sucedió cuando cayó del vientre y horadó, con su propio rechonchito cuerpo de recién nacido, un amasijo de barro fresco sobre el que acunó como morenito cuezco de aguacate. Esa misma noche que nació en Metepec, el pueblo mágico aledaño a Toluca donde, hace muchos años, existieron lagunas habitadas por la prehispánica sirena Chantala, cuya vida persiste en forma de mitos y estatuas, la madre de Otilio, la señora Oli, hundió sus dedos en la todavía maleable arcilla, de color almagre y aroma a geosmina, con la intención de pintarla a pincelazo de lengua de gato. Oli nunca supo que al encajar sus dedos en aquella plasta modelaba una escena mitológica griega cuando la diosa Rea, durante el parto por Zeus, se agarró del terregoso suelo con tanta fuerza que las diez vírgulas, palitroques o elongaciones de sus divinas manos originaron el posterior nacimiento de los cinco dáctilos ídeos, cinco seres extraordinarios que hasta el día de hoy conocemos como Meñique, Anular, Medio, Índice y Pulgar. Según los griegos, todos los artesanos, orfebres, herreros, y también protectores de la cuna de Zeus, decendían de los primogénitos de los dedos de Rea. También, según la arqueóloga española Pilar González Serrano, los dáctilos evolucionaron hasta nuestros días, para los griegos, en forma de los kalikantzaros, los espíritus malos que salen en navidad.

El padre de Otilio, alfarero experimentado, había transformado, antes que su esposa la pintase, la cuneta de barro, el pesebre de Otilio, en una hermosa artesanía churrigueresca local, conocida como “árbol de la vida”, que durante la época colonial, sirvió para enseñar pasajes bíblicos a través símbolos y figuras esculpidas como si fuese una version mexicana de los vitrales que la gente del medioevo, que no entendía el latín de los sermones, llamaba la biblia de los pobres, la biblia pauperum.

Para sus padres, Otilio Horcilla Degollado, era un ornato, un color y un símbolo del árbol de la vida, que iría enseñando, con los actos de su vida, la existencia de Dios.

Oti llegó a la adultez y antes de partir de su tierra, frente al ex convento franciscano de barro, el ahora ingeniero, miró con ensoñada atención, al enorme árbol de la vida erigido a un costado del letrero de bienvenida al pueblo mágico de Metepec; El hombre imaginó catalizar la evolución de aquellas artesanías hacia maravillosos artefactos mecánicos que respondieran a un estímulo como pequeños autómatas: Las palomas unidas al árbol con alambre revolotearían, Adán, Eva, las flores del paraíso, el ángel, todo tendría su movimiento tan significativo que harían recordar a la hija de madera de René Descartes. Siempre disfruté su oferta de “Dar todo lo que sabe por la mitad de lo que ignora”.

Han pasado algunos meses desde entonces y ya dicen que Oti murió, que exhaló, por última vez, en el sitio donde conoció a la sirena de Starbucks, por la que cambió su atole de pinole y las tisanas de garañona por el café con menta y el matcha. Dicen que murió frente a la catedral de San Patricio, aquí en Nueva York. Sin testigos, que se despidió del mundo mientras ajustaba el programa que proveía inteligencia artificial, a la estatua de un rey mago, que conmemoraba la vigilia más famosa de la historia, durante la que nacieron, simultáneamente, Cristo en Belén, el inventor de autómatas Herón en Alejandría y, aunque pocos lo sabían, muchos años después, Otilio Horcilla Degollado en Metepec.

La sincrónica vida de Otilio se sublimó tímidamente en forma de humarola, pues una cámara captó su última imagen escondida en el avasallante hálito de vida de la urbe, que a través del alcantarillado, respira nuestra isla de Manhattan.

Esa noche sus compañeros mexicanos no estaban con él. El ingeniero mecánico Uziel Bernal presenciaba.