Por Luis Damián Garibay

Osito esperaba en la fila junto a mexicanos y centroamericanos para cruzar la frontera de Tijuana a San Diego. Cargaba una mochilita verde donde guardaba sus tesoros. Movía el piecito repetidas veces como ansioso por la espera. Una mujer mixteca pasó junto a él. Iba acompañada de un niño que intentó tocarle la cabeza, pero el muñeco de felpa dio un paso hacia atrás y le gruñó despacito pues desde que regresó a México odiaba el contacto con humanos. La mujer mixteca jaló del brazo al niño y se alejaron del lugar rumbo a un McDonald´s del lado mexicano. En la caseta de migración un funcionario rubio con un bigote igual de rubio y a la vez espantoso, le pidió sus documentos a Osito, quien seguía golpeando el piso con su pie, y éste los buscó en su mochila de tesoros. Sacó una visa y un pasaporte y los entregó al oficial quien al comparar las fotografías de los documentos y el aspecto peluche de Osito, los rompió y le dijo que no volvería a pisar suelo americano. Osito no alcanzaba a entender la situación cuando una patada del oficial lo sacó volando y cayó de boquita en la calle. Como era pequeño los conductores no lo miraban, así que Osito abrazándose se hizo bolita, permaneciendo así por varias horas.

Anochecía y el frío y el terror que le ocasionaba la estampida de vehículos lo habían paralizado. Pero abrió un ojo, sólo uno, y alcanzó a ver que a unos cuantos metros estaba su mochila, la cual es casi arrollada por un camión del transporte público y Osito seguía paralizado de miedo, pero fue más su miedo de perder sus tesoros lo que lo hizo levantarse, tomar la mochila y correr gritando cosas que sólo los ositos de peluche entenderán.

Un señor con botas y una pansa que casi le reventaba la camisa, comía unos tacos en un puesto cuando le dijo al taquero -mira, otro loco, mira nomás como quedan estos que los regresan del gabacho. Pierden vieja, trabajo, casa. Yo por eso prefiero ganarme mis pesitos aquí que andar con el culo en la mano y que te agarre la migra como a estos pobres diablos-. El taquero sólo asintió con la cabeza y le sirvió otros dos tacos de adobada al señor.

A Osito le dolía la quijada. Pero no sangraba de la boquita. De hecho que recordara nunca había sangrado, a veces se creía inmortal. Pero Osito ya estaba muy cansado. Esa fue la tercera vez intentando cruzar a Estados Unidos. Trabajó varios meses limpiando carros y vendiendo muñecos de Peppa Pig en la Línea, para poder comprar esa Visa y ese Pasaporte apócrifo. Pero lo timaron, lo timaron de nuevo. Y sabía muy bien que no tendría una mejor oportunidad.

Arrastraba su mochilita y agachaba la cabeza cuando regresó al canal de la Zona Río donde volvería a pasar la noche. Las lluvias de dos días antes dejaron unos charcos en el canal y miró en uno de ellos a Tortuguita, que pese al frío se bañaba en las hediondas aguas mientras cantaba canciones desafinadas que sólo los muñecos de tortuguitas entenderán.

Osito decidió abrir su mochila, para ver sus tesoros, porque, en un día tan triste, ¿qué podría animar al pobre Osito? Y ahí estaban las fotografías, de Osito con su esposa, de Osito con su hija, de Osito con su medalla del empleado del mes en aquella fábrica en Chicago que le había permitido una vida digna. Pero no era Osito el de las fotos, era Emiliano, un hombre que tenía una sonrisa de ángel, o por lo menos eso le había dicho su mamá desde chico, en especial cuando vivía con ella en Uruapan, Michoacán. Pero Osito no lloraba, porque tampoco sangraba, él era un oso fuerte, un oso grande y poderoso que un día destruiría con sus garras el muro que lo separaba de su familia, o eso es lo que le había prometido a su hija.

Tortuguita se acercó a Osito, lentamente, como lo hacen los muñecos de tortuguita, y con sólo mirarlo ahí sabía que no lo había logrado. Se lo ofreció de nuevo. Osito siempre se lo había negado. Pero esa noche estaba tan triste que no quería sentir nada. Y tortuguita le amarró el brazo con una liga a Osito y le encajó una aguja en la vena. El líquido comenzó a entrar a su sistema nervioso. Miraba las estrellas, lejanas, tan pálidas y brillantes, moverse. El frío huía. Notaba que tortuguita, recargado en escombros de basura, se inyectaba a sí mismo. Osito se levantó del suelo y comenzó a caminar por el canal. Apretó sus puños. Y luego miró un muro, un muro que sólo los ositos de peluche pueden ver. Gruñó. Gruñó con fuerza y lanzó manotazos al muro, podía rasgarlo, demolerlo, morderlo con sus filosos dientes.