Por David Álvarez

Saliendo de la casa de un amigo, luego de beber, me encaminé rumbo a casa yéndome por callejuelas hasta salir a avenida Pie de la Cuesta, la principal vialidad de la zona noreste de la ciudad de Querétaro. En mi cabeza pasaron diversas escenas del cotorreo: gritos, risas, dos Paketazos y ceniza en el suelo. Unos tipos conocidos en el barrio llegaron pasadas las 12 de la mañana y se quedaron con nosotros, platicando y fumando piedra. Los demás, bailando al ritmo de ska envueltos por una humareda entre cigarro y mota.

Las imágenes transitaban mientras la oscuridad hacia su juego y el silencio junto a las luces de farolas, acompañaban mis pasos. Al andar, cuesta abajo, decidí caminar a casa en vez de tomar un taxi. La distancia, en tiempo, rondaba las 3 horas. Ensimismado, solo quería pensar lo más que pudiera antes de acostarme a dormir y el mundo fuera otro. Una aprehensión al momento, el cual no quería que terminara cerrando los párpados. Miré el reloj y eran las 3:30 de la mañana.

Apenas pasaban automóviles. Yo seguí caminando observando alrededor y a detalle, cada local, casa o tienda departamental que pasaba. Hacía cinco años que no recorría esas calles, las cuales transité durante mi estancia en la preparatoria, la que se encontraba en aquella zona. Cada rincón era un recordatorio que asimilaba y con el que sonreía por cada anécdota. Yo, en ese entonces, vestía más hippie, recién me acababa de dejar crecer la greña para hacerme unas rastas y usaba camisa de manta y pantalón de mezclilla roto, cargando siempre un morral, donde guardaba, entre otras cosas, tres pelotas que había hecho con lentejas y globos, las que usaba para hacer malabares y “semaforear” de vez en cuando. Una tras otra, caminaba con las pelotas de lado a lado, haciendo los pocos trucos que había aprendido, una costumbre que obtuve solo al interesarme en ello y que hacía cada que tuviera oportunidad.

En el transcurso, noté la presencia de un tipo atrás de mí, lo que me hizo voltear para medir la distancia. En este espacio, siempre hay que estar atentos a cualquier asunto. Apenas y alcancé a distinguirlo a detalle, sino como un sujeto de estatura promedio y delgado, de chamarra, playera holgada y pantalón tipo baggie. Siguió tras de mí durante algunos minutos y conforme avanzábamos me fue alcanzando hasta colocarse a un costado mío. Lo miré de nuevo y el tipo volteó e hizo una señal con la cabeza saludándome y respondí con un “¡qué onda!”. Luego, se me acercó y me preguntó mi nombre, a lo que respondí de inmediato y después se presentó: “Soy el Pez, carnal”, tendiendo su mano izquierda para saludarme, mientras la derecha la mantenía dentro de su chamarra, situación que hizo que retrocediera mi cuerpo un poco, para darme cuenta que el motivo era porque el Pez resguardaba una caguama recién abierta. No me fue difícil entender el apodo de aquel tipo con estilo cholo pues, por lo trompudo, evité la pregunta del por qué.

Me ofreció un trago y acepté, y aunque no quería compañía el Pez comenzó a platicar y ya no pude desprenderme de él de ninguna manera, ya que el camino hacia mi destino era largo y desviarse era acrecentar el tiempo para llegar a casa, además de que en términos de seguridad tampoco era una opción viable. Platicamos, me preguntó sobre los malabares, que hacia dónde iba y de dónde venía e hice lo mismo. Respondimos con calma mientras nos pasábamos la botella: dos sorbos cada uno y cambio, cuidando los alrededores por si una patrulla transitaba. “¡Oye, carnal! ¿No quieres un toque?”, “Nel, no tengo”, “Que si no quieres, güey”, respondió, y asentí con la cabeza. “Vámonos por ahí”, me dijo y señaló una plaza comercial pequeña, un conglomerado de locales con doble piso, sentándonos debajo de las escaleras, en un montículo de piedras arrumbado, sacando la mota y las sábanas del bolsillo de su pantalón, para luego espurgar, forjar y encender.

Entre la humareda, el Pez me platicó más de su vida, que hacía unos días había salido del anexo y que, desde entonces, andaba de farra en farra, “recuperando el tiempo perdido”. Platicamos por no sé cuánto tiempo, se acabó el porro y al darle el último suspiro, me dijo: “¿Sabes qué, carnal? La neta te iba a tumbar”; me reí, ya que me lo había tomado a broma: “Es en serio, güey”, remató y prosiguió el silencio. “Y, ¿por qué no lo hiciste?”, cuestioné. “Porque me caíste chido” y sacó su filero para mostrármelo: “esta chamarra ni siquiera es mía, se la acabo de quitar a un pendejo”, y sonreí, quizá de nervios, y miré el cielo, el cual anunciaba el inicio del alba. “Ya me voy”, le comenté al Pez, quien se levantó y me tendió la mano, ayudándome a pararme y me abrazó. “Chido, güey”, fueron las últimas palabras que el tipo de la trompa prominente y pantalones tipo baggie me dijo y caminé. Mis pelotas las metí en el morral y continué la andanza; había más automóviles circulando y miré el reloj: 6:12 y aún quedaban dos horas de camino.

Al llegar a casa, acudí con prisa a mi cuarto para dormir, me recosté y al cerrar los ojos me llegó un mensaje; era uno de mis camaradas de la fiesta de la que venía: se habían peleado. El Macuas había sido noqueado por la banda que había fumado piedra; el Chino recibió un sillazo por defenderlo; Malandro durmió en una casa abandonada con un golpe en la cara; Bizcocho dormido en el baño con la playera repleta de sangre y, los demás, no se supo. Respondí el mensaje diciendo que apenas iba a dormir y que en cuanto despertara les marcaba, coloqué el celular a un costado, en la cama y me acomodé boca arriba, con las manos en la nuca, reflexionando sobre esa madrugada. A diferencia de ellos, mis valedores, yo tuve la fortuna de conocer a un cabrón apodado el Pez, al que no le dieron ganas de asaltarme.