Por Manuel Ayala

¿En cuántas partes se puede partir el corazón cuando se es joven? ¿Cuántas veces se puede resignificar ese mismo corazón por el amor de una nueva mujer? ¿En dónde se queda todo ese amor y sentimiento que alguna vez se tuvo por una persona amada? ¿A dónde se fueron todos esos destellos que un día cimbraron a ese pobre corazón? ¿Se es capaz se recoger todos los pedazos que alguna vez cayeron al suelo y recobrar el sentimiento o se vive con un corazón parchado y sangrante de por vida?

Estas son solo algunas de las preguntas que me quedaron cuando terminé de leer El show del corazón sangrante del escritor Juan Mendoza, también conocido como Juanito Podrido, originario de Naucalpan, Estado de México, quien recientemente presentó su novela, editada por Vodevil Ediciones, en la pasada Feria del Libro de Tijuana.

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“No fue el alcohol, no fue el rock, no fue la literatura y tampoco fue la necesidad de escribir” lo que llevo a Juanito –personaje principal de este libro- a perderlo todo y a aprender en la vida. No, no fue gracias a eso, sino a las mujeres, principalmente a la que a sus diecisiete años le rompió el corazón.

Con esa premisa inicia este libro, una novela conformada por pequeños capítulos, que bien podrían tomarse en cuenta como cuentos, en los que Juanito va contando cada una de sus aventuras con mujeres que ni lo pelan, otras que nada más lo utilizan, otras más que se hacen del rogar y nunca concretan nada, otras que le dan entrada pero terminan refundidas en los brazos de sus mejores amigos.

Historias que se podrían resumir en noviazgos pasajeros típicos de la juventud, aderezados con un soundtrack musical referente a la chica o situación en turno, pero que en su totalidad encierran una circunstancia muy particular que es el (des)amor de juventud, el placentero goce de la sensación, con todas sus características psico-sociales que esto representa, pero también con las ideologías dignas de un joven que se asimila como escritor underground y músico.

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Durante la presentación del libro en la Feria del Libro. Foto: Eduardo Jaramillo

Melissa, Eunice, Karla, Teresa, Mónica, son solo algunas de las varias mujeres que en el camino le hacen florecer y al mismo tiempo sangrar el corazón a Juanito, de quienes cuenta con gran sentido del humor y cierta nostalgia cada una de las relaciones que sostuvo con ellas, a quienes, a pesar de que le hicieron una vida amorosa imposible, amarga y hasta desgarradora, pero también saludable y placentera, antes de proferirles algún improperio o insulto, les escribe esta especie de memorias con cierto grado y todo de respeto y agradecimiento, como bien señala Alan Delgado en el prólogo, precisamente porque a pesar de todo lo que perdió material y emocionalmente, ganó y aprendió más de lo que significa la vida.

Mujeres a las que les escribió poemas, a las que les hizo cuentos, a las que les dedicó novelas, a las que les cantó las mañanitas, a las que acompañó hasta la puerta de su casa o del metro, a las que les regaló revistas, a las que fue a ver hasta sus ciudades de origen, a las que dejó incluso en los brazos de sus mejores amigos sin importarle que por dentro estuviera sufriendo. Mujeres de las que incluso no volvió a saber nada más de sus vidas, lo cual refuerza esta idea del respeto y la nostalgia.

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Una historia pues por demás interesante, que renueva la memoria de aquellos que desbocadamente se adentran en la narrativa de un joven que sufre, pero que a la vez goza con los encantos que puede recuperar y amalgamar de todos esos amores que un día fueron, pero que ya no están.

Un libro en el que Juanito no solamente le escribe al amor, sino que también está plagada de referencias musicales –como ya lo mencionaba antes- y literarias, aspectos que ayudan a colocar a los lectores en una circunstancia que genera una nostalgia mayor, sobre todo por el acercamiento que ofrece a una etapa en la que –algunos ya adultos- nos vemos identificados y hasta relacionados con las historias que aquí se cuentan, pero que no nos atrevemos a contar.

Principalmente porque nos recuerda que en alguna etapa de la vida fuimos jóvenes, fuimos soñadores sin complejos, creíamos de tajo en lo que vivíamos y pensábamos en esos momentos, además que tuvimos novias pasajeras, mujeres idealizadas y amores que sí nos hicieron sangrar el corazón con sus rechazos, pero que nos hicieron estar vivos a pesar de que no tengamos un amor totalmente consagrado.