Por Manuel Ayala

Para el Kikoy, El Charal y la Marrana, con afecto.

Manu Chao alza el puño derecho y la multitud alardea efusiva por su presencia. De entre el tumulto alguien le hace llegar una manta con la leyenda “Por los que murieron el 2 de octubre, no un minuto de silencio, sino una vida de lucha y resistencia”, misma que ondea por todo el escenario del auditorio Josefa Ortiz de Domínguez, en la ciudad de Querétaro, mientras todos aplauden eufóricos por el gesto.

Es 2 de octubre de 2008, se conmemora una fecha emblemática por los estudiantes caídos durante el Movimiento de 1968 en la Ciudad de México, una de tantas fechas en las que la juventud sale a festejar aunque muchas veces no sepa por qué lo hace, y ahí me encuentro yo, entre los más de cinco mil asistentes que se registraron ese día, acompañado de mis buenos amigos Arturo, Luis Enrique y su hermano Daniel, con quienes hicimos un aparente ‘largo viaje’ para ver por primera vez a este músico francoespañol y su grupo la Radio Bemba.

Mientras todos parecen estar en un trance mágico-musical, luego de más de medio concierto, por tratarse de la primera vez que el autor de canciones emblemáticas como “Welcome to Tijuana” y “Clandestino”, me llega una ligera noción de nostalgia y pensamientos sobre el porqué de ese concierto en esa ciudad y el trágico suceso que se dio semanas antes en mi ciudad natal, Morelia, Michoacán.

Pienso en mi familia, en mis amigos, en los amigos y familiares de mis amigos, en la ciudad en general, en los ocho muertos que hubo y en los más de 130 heridos. Me es imposible no sentir un dejo de desolación y tristeza, una sensación de rabia e impotencia.

Ese concierto en el que yo estaba presente no estaba programado para haberse realizado en esa ciudad. No eran esas las circunstancias ni las condiciones en que se tenía estipulado. No era el plan que habíamos pactado en un principio con mis amigos. No teníamos por qué estar de alguna manera festejando. Sin embargo, ahí se hizo, y ahí estaba yo, disfrutando con una tercia de muy buenos amigos, con quienes jamás nos hubiéramos imaginado estar en aquel lugar, de no haber sido por lo que precedió al evento.

Manu Chao en Querétaro – Foto: J. Eliud Martínez Pérez

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La noche del 15 de septiembre de ese mismo año, 17 días antes del concierto, me encontraba reunido con otro grupo de amigos en mi pueblo, Téjaro. Población que se encuentra a unos 20 kilómetros de la capital Morelia y a otros 25 kilómetros del Aeropuerto Internacional de la ciudad. Era la víspera del tradicional “Grito de Independencia” y, como cada año, decidí irme al pueblo para encontrarme con personas que por la distancia poco frecuentaba, con las que solíamos reunirnos en este tipo de ocasiones, porque nunca he sido adepto a las concentraciones masivas.

la noche pintaba como cualquier otra. La tranquilidad y la calma que se respiraban por ese entonces en un pueblo de cerca de mil habitantes, característico por ser exportador de migrantes hacia los Estados Unidos, no daban señales más que de una velada llena de ocurrencias.

Mientras bebíamos, platicábamos y otros tantos andaban en plan de ligue, recibí un mensaje de una de mis hermanas avisándome que “algo muy malo” había pasado en la ciudad, que si ya me había enterado y que si no sabía dónde se encontraba uno de mis hermanos. La preocupación de mi hermana devino porque el otro hermano se había quedado en Morelia con la intención de presenciar ‘el grito’ en el centro de la ciudad, donde comúnmente se realiza el festejo.

No tenía la más mínima idea de lo que estaba sucediendo y mucho menos de dónde se encontraba mi hermano. Por ese entonces las redes sociales no eran mi fuerte y el celular solamente lo utilizaba para avisar a mis padres y mis amigos sobre mi paradero los fines de semana. Sin embargo, la curiosidad me llamó de inmediato y me generó incertidumbre. Comencé a preguntar a los demás amigos si sabían algo, pero nadie daba cuenta de lo sucedido.

A los pocos minutos, otro de los amigos que se encontraban en el lugar y que también había desembocado de la capital michoacana, recibió un mensaje similar de sus familiares, en el que le preguntaban si se encontraba en el Centro. Seguíamos sin saber exactamente qué era lo que estaba sucediendo, hasta que la noticia se propagó entre los demás que acompañaban la velada y lo que antes era un momento lleno de festividad, se tornó en un mar de dudas y preocupaciones.

“Mataron a varias personas en el centro de Morelia”, “Que aventaron unas granadas”, “Hay un chingo de muertos”, “Dicen que está bien cabrón ahorita”, “Hay un desmadre, un primo que estaba ahí dice que hay sangre y heridos por todas partes”, “No manches, ahí andaban mis tíos”, “Qué pedo, pinche gente loca”, “Se pasaron de lanza”, “No mames, qué pinche horror”, fueron algunos de los varios comentarios que pronunciaron algunos de los que estaban en aquella reunión.

La ola de violencia por ese entonces estaba en su punto más álgido en prácticamente todos lados. La Familia Michoacana se ostentaba como el cártel principal en el estado y mantenía asolados a gran parte de los ciudadanos y personas que se dedicaban al comercio. Los “levantones” eran frecuentes, los cobros de piso estaban a la orden del día y las desapariciones eran comunes en las comunidades.

Debido a esa situación nos fue fácil deducir a muchos esa noche que quizá se había tratado de una obra orquestada por “el narco”. Todo se le achacaba entonces a los grupos criminales y el solo hecho de pensarlo provocó que los amigos más cercanos nos sentáramos alrededor mirándonos unos a otros, pero con temor, con miedo, con escalofríos que comenzaron a calar hasta las entrañas.

Luego de un silencio sepulcral comenzamos a platicar sobre las implicaciones del caso y lo que para nosotros significaba en ese momento el hecho. Hablamos, como se habla en todo suceso de tragedia, de estar unidos. Hablamos de establecer lazos de colaboración. Hablamos de que esto sin duda sentaría un precedente para la gente de Michoacán. Hablamos de que era algo que sin duda marcaría nuestras vidas para siempre. Hablamos de que algo positivo teníamos que hacer como buenos amigos que éramos.

Hablamos de todo y de nada. El miedo se nos había impregnado en la piel.

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Cartel promocional de la “Tombola Tour” de Manu Chao en 2008.

El día que mi amigo Luis Enrique me compartió que Manu Chao se presentaría por primera vez en Morelia, no le creí. A ‘Kikoy’, como amablemente le decimos los amigos, y a mí nos mantiene un vínculo de amistad muy especial la música de Manu Chao. De alguna manera y siendo unos jóvenes imberbes nos conocimos escuchando esas rolas en la preparatoria y solíamos departir cada fin de semana en un bar ya desaparecido que se llamaba el Mukai. Se encontraba en pleno corazón del Centro Histórico de Morelia. Un lugar epicentro de muchos de los eventos más underground de la ciudad y que frecuentemente congregaba la fauna más pacheca de la ciudad, siempre al ritmo del reggae y el ska.

Eso de alguna manera generó un vínculo de amistad bien grande entre ambos que, hasta la fecha, aún a la distancia, lo hemos mantenido a flote. “Clandestino” siempre fue nuestra canción festiva. “Desaparecido” me cantaba mi madre siempre que me iba de juerga con él. “Me quedo contigo” decíamos que algún día se la dedicaríamos a alguna de nuestras novias. Éramos jóvenes y nos creíamos rebeldes.

El concierto estaba programado para llevarse a cabo el día 2 de octubre de ese 2008 en el Palacio de Arte, como parte de la gira “Tombola International Tour 2008”, en la que promocionaban el disco más reciente La Radiolina. Todo estaba listo para presenciar ese concierto. Muchos seguidores de Manu Chao en la ciudad estaban entusiasmados por verlo por primera vez, a pesar de todas las críticas contradictorias que despertaba, en una ciudad que nunca ha figurado por los grandes shows y espectáculos en vivo, como sí los tiene la Ciudad de México, Guadalajara, Monterrey y actualmente Tijuana.

Pero nunca fue así. Manu Chao nunca llegó a Morelia. Lo que sí llegó fue la tragedia y la sangre.

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Son alrededor de las 11 de la noche, del 15 de septiembre, y en las imágenes que muestran las televisoras que estuvieron ese día realizando la cobertura del evento se observa al entonces gobernador de Michoacán de extracción perredista, Leonel Godoy Rangel, postrado en un balcón de Palacio de Gobierno –que se ubica en pleno centro de la ciudad- dando el simbólico “Grito de Independencia”.

La avenida Madero y la Plaza Melchor Ocampo se encuentran abarrotadas por los cerca de 30 mil asistentes que se dieron cita en la noche. La gente solía salir de sus casas para celebrar furtivamente ese tradicional grito y esa noche no fue la excepción; niños, mujeres, hombres y personas de la tercera edad están reunidos, incluso muchos visitantes que solían aprovechar para hacer el viaje.

Cuando termina el protocolo del “Vivan los héroes que nos dieron patria”, el Gobernador comienza a tirar de la campana que hace simular la que enfiló el entonces cura Miguel Hidalgo y Costilla. En uno de los tirones se escucha un fuerte estallido. Al mandatario parece no sobresaltarlo el hecho y continua sonriente la celebración. Sin embargo, entre el tumulto de personas ubicadas en la Plaza Melchor Ocampo comienza a generarse movimiento que rompe con los festejos.

El show continúa. Los fuegos pirotécnicos se hacen presentes y a muchos parece no llegarles la noticia. Hay muertos en la plaza. Hay heridos. La cantera rosa que enaltece a la arquitectura del Centro Histórico se tiñe de rojo sangre y es entonces que comienza a ver grupos de personas tratando de correr y de resguardarse. Empiezan también a llegar las ambulancias. A los alrededores parecen no percatarse de lo sucedido, pero poco a poco los ánimos se van exasperando cuando se va corriendo el mensaje de que acaba de explotar una bomba de fragmentación.

Escena del atentado en la Plaza Melchor Ocampo – Foto: ACG

Los presentes más cercanos parecen entenderlo cuando arriban también policías y elementos del Ejército Mexicano. Unos minutos después, otra granada de fragmentación es lanzada entre las personas que se encontraban cerca del Templo de la Merced, en la misma avenida Madero, a unas cuantas cuadras del Palacio de Gobierno. Es entonces cuando se mide la magnitud del evento. El terror y el miedo comienzan a impregnarse entre los asistentes. Muchos comienzan a retirarse del lugar; otros se quedan para ayudar a los lesionados.

El pánico se hace presente entre la multitud. Es entonces cuando la noticia comienza a esparcirse de celular en celular, de nota en nota, de transmisión en transmisión. Pero sobre todo, de corazón a corazón. Las escenas que muestran las televisoras en la Plaza Melchor Ocampo son terribles. Hay heridos por doquier, hay sangre, hay terror, hay llanto, hay muertos. Hay confianza desmoronada y mentes perplejas sobre lo que miran a su alrededor. Una ciudad que pregonaba familiaridad se ve envuelta en un ambiente de terror.

Ocho fueron las personas que murieron por el impacto de las granadas en ambos puntos donde fueron detonadas y otros 132 resultaron heridos en ese trágico suceso. Evento que fue considerado como el primer atentado terrorista contra la población civil en la historia de México, atribuido inicialmente al cartel de La Familia Michoacana, que en ese entonces dominaba gran parte del territorio michoacano, razón por la que días después, el concierto de Manu Chao que se llevaría a cabo el 2 de octubre de 2008 en Morelia, sería cancelado y programado en Querétaro.

En 2014, el periodista Marco Antonio Duarte reportó en el noticiario MVS Primera Emisión, que era conducido por Carmen Aristegui, que en uno de los mensajes que el Centro de Comunicaciones, Comando, Cómputo y Control, del gobierno de Michoacán recibió días antes del atentado, se les advirtió que iba a “haber un desastre el día del Grito”.

Sin embargo, los gobiernos del presidente Felipe Calderón y del gobernador Leonel Godoy “ignoraron en 2008 la información que alertaba sobre el ataque con granadas contra la población civil”. A diez años de la tragedia, aún quedan más dudas que certezas, y las autoridades no lo han podido todavía esclarecer. Sigue siendo uno de los tantos casos en México que siguen en la impunidad por la inoperancia de las autoridades.

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Después de casi dos horas en el concierto, totalmente exhaustos y satisfechos, mis amigos y yo nos retiramos del auditorio para buscar un poco de calma. Los pensamientos trágicos seguían rondando mi cabeza. Seguía sin asimilar el viaje, los hechos, el concierto, pero también estaba extasiado de todo lo que había vivido esa noche, del viaje que había realizado.

Manu Chao en Querétaro – Foto: J. Eliud Martínez Pérez

A la mañana siguiente regresamos a Morelia. Las calles lucían solitarias, el tráfico que antes era castrante no se veía con tanta fluidez. El Centro de la ciudad aún guardaba luto. Las coronas de flores que habían sido instaladas en la Plaza Melchor Ocampo y frente al Templo de La Merced se estaban marchitando, pero las velas seguían encendidas. Los pocos transeúntes curiosos se detenían al paso para mirar los mensajes que habían colocado las personas durante los días posteriores a la tragedia y si una vela se apagaba volvían a prenderla.

Todo era extraño y diferente. La ciudad no se sentía como antes, y nunca volvió a ser la misma.

Nosotros tampoco volvimos a ser los mismos; todavía retumba en mi mente aquella frase que un día Felipe Calderón pronunció cuando emprendió su famosa Guerra contra el Narco: “A los michoacanos les va a ir bien, muy bien”.

 


*Crónica a propósito de los 50 años del movimiento estudiantil del 2 de octubre de 1968 y de los 10 años del atentado terrorista del 15 de septiembre de 2008 en Morelia.