Texto y fotos por Eriko Stark

Un año antes del 50 aniversario de la masacre del 2 de octubre de 1968, la marcha número 49, fue una de las más vacías. Semanas antes, el sismo de septiembre había mantenido ocupada a las personas en otros asuntos de índole humanitario.

Marchamos pocos, y también nos manifestamos en nombre de Lesvy, una joven estudiante que fue asesinada en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Este año, el presidente Enrique Peña Nieto mandó a poner la bandera de México a media hasta en la Plaza de las Tres Culturas, como un supuesto acto de solidaridad. En esta marcha se juntaron varias causas que han acontecido al país, todas recordando la masacre, todas recordando esta larga historia de cruces, abusos y fracturas que el gobierno ha hecho en su ambición de poder, en su propia incapacidad de poder gobernar con sabiduría y honestidad.

Era una marcha de jóvenes, de niños de familias enteras que llegaban de varías parte de la República (algunas de otros países), que de igual manera se vieron involucrados en los movimientos de 1968; Francia estuvo con nosotros.

La lucha para denunciar y combatir la crueldad histórica ha sido una de las labores más exhaustivas y desgastantes para la sociedad, la denuncia ha sido de una magnitud que se ha convertido en invisible, incapaz de enfrentar los actos de crimen y corrupción.

Sin embargo, en una marcha que sobrepasa las dimensiones, los cupos y los gritos que inundan el cielo nos vuelven a recordar la razón de esta lucha.

Se cumplieron 50 años de la masacre de los estudiantes, 50 años que cambiaron el mundo.