Por Mauricio Neblina

La exaltación desmedida del yo es indisociable de la pobreza del espíritu”.

Leonardo da Jandra

Ignoro si ha sido siempre de la misma manera, si mis padres, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos padecieron de la misma enfermedad que nos aqueja a nosotros. Es posible, pero como me toca vivir en esta era insustancial, me apropio de la pesadez y la siento inédita, mucho más presente gracias a las dichosas y fétidas redes sociales. Pienso que si en los años arcaicos le pasaba lo mismo a la gente el virus no era tan visible pues la comunicación, al menos en este aspecto, tenía un corto alcance, pero como ahora nos empeñamos a toda costa en hacer evidente nuestra no importancia la vida misma se hace más densa e insoportable.

Parece que como generación el máximo anhelo que tenemos es el reconocimiento del otro sin importar cómo alcancemos a lograrlo y qué mensaje transmitimos. En una sociedad preprogramada de manera conservadora aún hace ruido o se mira de forma políticamente incorrecta beber entre semana; presumir eso con una foto en Facebook da la sensación al protagonista de ser un subversivo social que merece la adulación de todos sus contactos. Tengo conocidos, amigos e incluso familia que compiten entre sí por tener el automóvil más costoso, más grande, lujoso, nuevo y de “mejor” marca. Hay quienes visten con el suéter de mayor precio presumiendo de “buen gusto”, sea lo que sea lo que signifique eso, pues aquél que sentencia lo que nos debe agradar que se vaya al carajo. Muchos otros buscan el celular de moda, comen en lujosos restaurantes y rechazan los tacos de la esquina, se emborrachan con el alcohol que les da más estatus, toman el café que cierto tipo de gente “tiene” que tomar, escriben columnas en revistas independientes y un sinfín de acciones comunes. Al final que cada quién haga lo que se le hinche, pero cuál es la razón verdadera para disfrutar esos lujos.

La idea del éxito, desde que nacemos, se nos presenta como una loza pesada que obligatoriamente debemos cumplir, entonces hacemos lo que sea que esté a nuestro alcance para contarnos a nosotros mismos esa ficción sin saber que es mentira al mismo tiempo que la presentamos a los demás como una realidad. Así como Aristóteles pensaba que la felicidad se encuentra al final de la vida, yo pienso que el verdadero éxito y realización del que, si acaso, nos podemos sentir orgullosos se encuentra cuando en el último suspiro de la maldita vida digamos: “me la pasé bien chingón”; sin embargo, transitamos los días mostrando en redes lo que creemos que nos hace felices y exitosos sin darnos cuenta de nuestra imbecilidad e invisibilidad.

Entre más incómodos nos sentimos con nosotros mismos, más relevancia queremos que nuestras acciones tomen, aún así conlleven el menor esfuerzo como comprar un café o beber una cerveza en miércoles. La pobreza espiritual, el sin sentido de una vida que pasa automáticamente, pensando lo que nos han dicho que pensemos, consumiendo lo que nos han dicho que consumamos y actuando como nos han dicho que actuemos, es lo que nos lleva a querer el reconocimiento instantáneo. Aquéllos que no solían querer eso y ahora sí o aquéllos que siempre lo han anhelado, se han convertido o siempre han sido unos autómatas, sardinas, plátanos no pensantes, trozos de carne parlante que lo único que tienen que aportar al mundo es su irrelevancia convertida en algo que aspiran que sea importante para alguien. Deberíamos aceptar que a pesar de cualquier cosa a la que nos dediquemos somos intrascendentes, prescindibles y finitos; después buscar alguna actividad que le dé sentido a nuestra a vida, que nos satisfaga individualmente sin necesidad de la aprobación del otro; mantenernos más quietos y reflexivos, sin tanta prisa, y acercanos a la filosofía y a las artes y cuestionar todo lo que nos rodea, preguntarnos qué más queremos en nuestra vida que no sean laics.