Por Francisco Martínez Hoyos

Hija del conde de Kingston, Mary Pierrepoint (1689-1762) iba a ser una mujer poco convencional para su época. Su rebeldía quedó reflejada en el momento de contraer matrimonio, decidida como estaba a escoger al pretendiente de su agrado, no al que le impusiera su padre. El afortunado, Edward Wortley Montagu, pertenecía también a un linaje nobiliario. Parecía, en aquellos momentos, un hombre prometedor. Mary no estaba enamorada, pero de todas formas se marchó con un hombre que pronto la iba a decepcionar con su actitud negligente. Su gran preocupación pasó a ser la carrera política mientras su esposa y su hijo ocupaban un segundo o tercer plano.

La vida de la pareja dio un giro de ciento ochenta grados cuando Edward, en 1716, se convirtió en el nuevo embajador inglés en el imperio otomano. Lady Montagu estaba encantada con este destino: tenía la oportunidad de vivir gran aventura que enlazaba con una imaginación formada en los relatos de viajes y romances. Desde Adrianópolis, al dirigirse a la Princesa de Gales, se vanagloria de estar realizando un trayecto que ningún cristiano ha realizado desde el dominio de los emperadores bizantinos.

En esos momentos, aún estaba reciente el último asedio al que los turcos sometieron Viena, en 1683. Fue canto del cisne de la Sublime Puerta. En el siglo de las luces, los turcos ya no serán el terror de la cristiandad sino el enfermo de Europa. Austria, gracias a las tropas del príncipe Eugenio, aprovecha esta decadencia para recuperar terreno en los Balcanes. En Constantinopla, el representante de la Corte de San Jaime tenía instrucciones para frenar este expansionismo.

Para conocer la vida local por sí misma, nuestra protagonista no tuvo inconveniente en vestir un velo y presentarse en los harenes. Llegó así una conclusión sorprendente. Las mujeres, pese a las apariencias de opresión, eran las únicas personas libres del Imperio. Aprovechaban su indumentaria para hacer lo que les venía en gana puesto que sus maridos no podían reconocerlas, al hallarse sus rostros ocultos. De esta forma, las que deseaban ser infieles, podían disfrutar de una impunidad prácticamente completa.

Lejos de escandalizarse, Lady Mary aprobaba, satisfecha, este comportamiento. Se aparta así radicalmente de los tópicos cristianos sobre el carácter infernal del harén como institución. Observa también que la mujer puede acceder a la propiedad, disfrutar de dotes más o menos justas, ser heredera y tener la facultad de viajar. En su país, en cambio, hasta la centuria siguiente no será posible que las inglesas ejerzan algunos de estos derechos. Cierto que los otomanos disfrutan, en teoría, del derecho a tener hasta cuatro esposas, pero Lady Montagu anota que la realidad va por otro lado. Ningún individuo de rango hace uso de esa facultad. Ni en su medio social hay mujer dispuesta a permitírselo.

Estas y otras impresiones quedaron plasmadas en un alud de correspondencia. Como señaló el historiador Hugh Thomas, Mary pretendía, de esta forma, agradar a los destinatarios de sus cartas, pero también disfrutar con el acto de escribir en sí mismo. Estamos en un mundo en el que obviamente no existe Internet. Ni siquiera el teléfono. El acto de comunicación exigía la escritura.

El declive imperial queda reflejado en determinados comentarios. Los turcos aparecen como adictos al lujo. Incapaces, por tanto, de revivir los esfuerzos que les condujeron a sus momentos de gloria. No obstante, nuestra autora evita situarlos de una manera simplista en la parte baja de una hipotética escala de progreso. Es más, censura con ironía la vanidad de otras naciones “que se imaginan más adelantadas”.

La comparación entre Occidente y Oriente se realiza desde la empatía y sin prejuicios, de forma que la visión del segundo sirve para desmentir poderosas ideas preconcebidas. Mary es muy consciente de que los europeos solo tienen un conocimiento muy imperfecto de las costumbres y la religión del territorio que pisa, ajeno a la curiosidad europea casi por completo, pues los únicos viajeros eran mercaderes más interesados por sus negocios que por consignar los aspectos de la sociedad y la cultura que tenían ante sus ojos.

Ella, por el contrario, posee la capacidad de evaluar la realidad desde criterios nuevos. Posee una inteligencia tan despierta que se adhiere con entusiasmo a la práctica de la inoculación, remedio eficaz contra la viruela, una de las grandes lacras del momento. Conocía demasiado bien sus terribles efectos porque la había sufrido en carne propia. Su belleza se vio entonces maltratada pero tuvo la suerte de superar la enfermedad que dos años antes había matado a su hermano. Estas experiencias traumáticas la sensibilizaron hasta el punto de que no dudó en inocular a su propio hijo. Cuando regrese a Inglaterra intentará introducir esta innovación benéfica, convencida de hacer un bien a sus compatriotas. Estos, por desgracia, no le hicieron demasiado caso, en un alarde de prejuicios que habría hecho las delicias de Saint-Exupéry. En El Principito, el público desprecia a un astrónomo turco que realiza una gran demostración solo por la ropa que llevaba puesta. Los ingleses dieciochescos actuaron del mismo modo al rechazar prevenir un mal devastador solo porque la solución provenía de Oriente.

En un tema tan sensible como el de la fe, su postura resulta igualmente innovada. Advierte que el Islam no es el catálogo de monstruosidades imaginado por tantos apologistas cristianos. El Corán no contiene sino “la más pura moralidad expresada en el mejor de los lenguajes”. Si se ha podido pensar todo lo contrario, ello se debe, a la utilización de traducciones que han sido deliberadamente falseadas.

A un amigo francés, el abad Conti, nuestra protagonista le cuenta que no es cierto que los musulmanes sean gentes tan poco refinadas como acostumbran a suponer los occidentales. Cree, por el contrario, que poseen “una idea acertada de la vida” porque se dedican a placeres como la buena vida y el buen vino, en lugar de perder el tiempo en conspiraciones políticas o estudios que no llevan a ninguna parte. El hecho de ser no ser cristianos no les convierte en personas menos morales, como puede apreciar cualquiera que, en lugar de guiarse por crónicas antiguas y prejuiciadas, se tome el trabajo de conocerlos sobre el terreno.

Cuestiona, por otra parte, que los turcos vivan bajo un insoportable despotismo monárquico. Aunque el Sultán posee, en apariencia, poderes absolutos, los ministros impopulares corren el riesgo de que la plebe les descuartice y arroje sus restos a la puerta de Palacio. En Inglaterra, mientras tanto, los descontentos se limitarían a poner apodos inofensivos a los malos gobernantes. Así, a través de la mirada hacia el Otro, Lady Mary pone de relieve los vicios de su propio mundo. En la cuestión de la esclavitud, por ejemplo. Los turcos también poseen seres humanos a los que privan de libertad, pero no les infligen un trato peor que en otras latitudes. Nunca son mal utilizados. De ahí que la humanidad de los otomanos sea digna de aplauso.

No fue esta la única ocasión en que la esposa del embajador inglés se puso de parte de los más débiles. En Serbia se había apiadado de los campesinos, sometidos a una opresión exagerada. Las incursiones de los jenízaros, la guardia imperial turca, les obligaban a descuidar las faenas agrícolas y abandonar sus hogares. Con todo, este tipo de reacciones no debe llevar a engaño. Por muy sensible que sea, Mary nunca deja de ser un miembro de la nobleza. Y, como tal, con prejuicios evidentes hacia sus inferiores. En Londres, por ejemplo, sentía una tremenda incomodidad ante la abundancia de “repugnantes tullidos” dedicados a la mendicidad. Por este desdén, las clases bajas no son precisamente el centro de interés de sus cartas.

El tiempo acabó por transcurrir más deprisa de lo esperado. Se hizo la ilusión de vivir durante un largo periodo en el Bósforo, pero su marido apenas permaneció dos años como embajador. No le quedaba más remedio que regresar a casa.

Las cartas en las que se cimenta su fama retratan a una mujer llena de vivacidad e ingenio, que ha sido considerada precursora del feminismo. Esos escritos no solo son un testimonio histórico de primer orden, también piezas literarias en las que sobresale la capacidad de penetración y la buena prosa de quien sabe que el lenguaje es el vestido del pensamiento. Como epistológrafa, Voltaire la consideraba superior a la celebérrima Madame de Sévigné porque, al contrario que ésta, no se había limitado a escribir sobre Francia. Su horizonte, tanto en Constantinopla como durante el resto de su vida, resulto ser un poco más amplio: el mismo mundo.


*El autor es doctor en Historia.