Por Mauricio Neblina

“Una vida sin examen no merece la pena ser vivida”. / Sócrates

Hace unas semanas, en esas horas donde lo mejor es callarse, pero el alcohol prohíbe hacerlo, tuve una discusión de borrachos con un amigo que me hizo reflexionar y preguntarme acerca del nacionalismo. Creo que es posible que nos engañamos cuando decimos que estamos “haciendo algo por México”. ¿Cómo una acción particular puede generar algo superlativo? Tal vez es verdad eso de “pequeñas acciones hacen grandes cambios”, pero debemos tomar en cuenta que se volvió cliché gracias a la publicidad y hay que desconfiar de todo lo que esa perversa máquina hace o toca porque se vuelve mierda.

Muchas personas dejaron de consumir unicel y popotes, tratan de no usar plástico, se alimentan de comida vegana y un sinfín de acciones ecologistas que es probable que no vayan a ningún lado porque en realidad se convirtieron en un nicho de mercado. De qué sirve realizar todo eso si no tienen la conciencia de que a la vuelta de la esquina México se parte en dos y la mitad de la población vive en pobreza gracias a un sistema que dice que te tienes que sentir bien porque estás “contribuyendo” al mundo cuando no bebes un refresco con popote.

Por supuesto que no podemos ser coherentes con lo que decimos, pensamos y hacemos porque no somos robots. Si bien podemos reciclar y dejar de producir residuos, por la noche alimentamos una guerra por el capital satisfaciendo nuestros vicios. ¿Entonces hacia dónde se enfocan nuestros esfuerzos? Cada quien lucha sus batallas, pero me parece que hay que priorizar algunas para que, eventualmente, las demás den resultado. Dejemos de darle el gusto a la publicidad de ser sus putas de mercado y veamos hacia lo social, la cultura y la educación, donde realmente tenemos que observar.

Me pregunté también qué tan orgullosos nos podemos sentir porque Chicharito metió un gol, el Canelo noqueó a un uzbeko o un empresario cree que representa al país cuando va a trabajar a otro lado. Las nacionalidades son coincidencias de la vida y líneas demográficas trazadas en un mapamundi. Presumir de ello es como hacerlo por tener vellos en las rodillas. Por eso es que decir “México is the shit” y postear en Facebook “qué bonito es mi país” con una foto de Tulum puede llegar a ser absurdo. Qué tanto nos representan estas figuras que trascienden en el extranjero si lo único que tenemos en común es haber nacido en un mismo territorio, porque al final de cuentas sus logros son exclusivos y gracias a su propio esfuerzo. ¿Nosotros qué hemos hecho? Por otro lado, sus pasos seguramente abren puertas, pero depende en qué aspecto, pues en el deporte siguen siendo alcances individuales, pero en el área de las industrias son invasiones que sesgan libertades para conseguir mano de obra barata.

Pienso que si algo se tiene que mejorar o en algo tenemos que contribuir es a la reflexión y al poco conocimiento que podamos tener del sistema con base en el esfuerzo por comprenderlo, porque por mucho que creamos que “hacemos algo por México”, incluso a través de nuestro propio trabajo, es posible que en realidad no sepamos que con él colaboramos a las perversiones que rodean al capital que genera pobreza y desigualdad y sólo nos queremos sentir importantes en un mundo donde todos somos intrascendentes, prescindibles y finitos.

Sin el pensamiento no hay crítica, por lo tanto no hay cambio, y con la acción breve y fugaz sólo existe placer. Al final nos debemos sentir parte de algo, está en nuestra naturaleza, y cualquier sincronía que tengamos con el otro nos va a hacer sentir pertenecientes. Por eso es que primero intento cambiar mi propio contexto y esparcir mis ideas como un virus antes de pensar que con mis acciones genero un cambio mayúsculo y en favor de una nación que por muy bonita que esté gracias a su riqueza natural en realidad se encuentra hecha un gazapo gracias a los malos manejos y a la dicha efímera que nos gusta sentir sin tomar en cuenta que nos deberíamos detener a evaluar nuestros actos.