Por Jonás

En el número 111 de la New Left Review, escribió Marco D’Eramo que el primer signo visible  del declive de una burguesía es la pérdida de calidad de sus periódicos. La afirmación no es del todo equivocada, hace mucho que los periódicos en México se han desviado de su espíritu informativo y sucumbido a los designios del espectáculo y la nota vendible, un signo inequívoco de su naturaleza primigenia, en tanto que el periódico significó en algún momento el símbolo de la ascendente burguesía.

En el contexto de este declive nos encontramos con noticias doblemente lamentables de una misma situación. El reciente dicho de Paco Ignacio Taibo II, un innegable rockstar de la literatura mexicana y un historiador sui generis que ahora se presenta como el futuro director general del Fondo de Cultura Económica.

Fue en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara donde Taibo II expresó “se las metimos doblada”, como una expresión populacha de una victoria legislativa o de presión política ante la inminencia de la reforma a una ley que impide la ocupación de cargos a no nacidos en México para las empresas paraestatales.

Se disculpó de inmediato, ¿qué hombre de las letras y futuro funcionario se expresa de esa forma?, lo hizo para con su esposa, no pensó que aquello se volvería todo un torbellino.

La FIL Guadalajara, que por algunos días convierte a la ciudad en una suerte de meca del libro para obviar su estilo aldeano y su conservadurismo, gracias a la alta concentración de medios nacionales e internacionales, por siquiera dejar de lado a los medios locales que siempre están presentes tras la nota diaria, es un foco de atención inigualable. Con estos factores y el ojo mediático tras la noticia de todo lo que tenga que ver con el nuevo gobierno, al que se incorpora Taibo II, hicieron de la expresión un caldo mediático que corrió como pólvora.

La expresión no es menor, convocó a las más fundadas y críticas expresiones desde algunos sectores y personalidades del feminismo. Un lamento no era suficiente, la carga sexista, machista y violenta de la expresión era en sí algo inaceptable de una figura pública.

Pero las cosas no se podían quedar así. Hace mucho que distintas fuerzas políticas están haciendo un caldo que tarde o temprano debe reventar a la llamada Cuarta Transformación, mientras tanto se da por bien servida con hacer mella de todo lo dicho y hecho, en ese costal entró la expresión de Taibo.

Por no decir ‘la mafia del poder’, algunos personajes de la vida política institucional salieron a descalificar los dichos de Taibo, a señalar lo ‘inmoral’ de la expresión venida de un futuro funcionario y no hubo quién no se montó en la legitima crítica feminista desde el Senado para argumentar que se debía cancelar su designación y retirar el proyecto de reforma de ley para permitir la ocupación de cargos a los no nacidos en México.

Las expresiones fueron irrisorias, lamentables. El escenario es triste, porque el tema de la violencia contra las mujeres queda en un lastimoso segundo plano y es utilizable en tanto que puede ser herramienta de ataque político. Esto no porque las expresiones de Paco Ignacio Taibo II no sean ofensivas, por supuesto que lo son, tal expresión, al igual que el ‘puto’ de los estadios, son las fisuras del lenguaje violento que hemos naturalizado.

El problema es cuando las expresiones se personalizan, el problema es –como ocurrió con el feminicida mexiquense, Juan Carlos y que los medios vendieron como el ‘Monstruo de Ecatepec’– la sustracción de las formas individuales con respecto de las lógicas estructurales.

El lenguaje normalizado de Taibo es un signo inequívoco de que algo no anda bien, de que hace mucho que hemos interiorizado la violencia que puede pasar de lo verbal y psicológico hasta lo físico, hay cifras y estudios al respecto.

No es Taibo con sus expresiones que desvirtúan la lógica armónica de nuestro sistema. Su expresión es nada más y nada menos que el signo de que las formas violentas siguen circunscritas en las estructuras del lenguaje. El machismo también se expresa en las formas cotidianas del habla, no es algo que hayamos descubierto hace unos días.

Elevar el debate hacia las formas normalizadas del lenguaje, que este escenario construya una plataforma para poder poner sobre la mesa el tema de la violencia verbal y sus consecuencias al normalizarlo, como ha ocurrido desde hace mucho en las espacios feministas pero ahora bajo una discusión más amplia, es lo deseable, lo más cercano a acciones asertivas que caminen hacia una consenso o diálogo fructífero que nos haga pensar dos veces antes de utilizar las formas.

Por el contrario, propiciar un linchamiento personalizado, y no porque aquí el objetivo sea la defensa irrestricta del escritor –de quien no tengo el más mínimo gusto personal pero respeto su figura como divulgador–, deviene en la desvirtualización de cualquier forma de atacar certeramente las expresiones machistas. Porque esto nos llevaría a la lógica de que si vamos sacando las manzanas podridas en algún momento tendremos un mundo armonioso, cuando las estructuras no funcionan precisamente así.

Al olvidar el sentido más amplio de las expresiones y negar el carácter estructural para caricaturizarlo en un personaje incluso negamos la importancia de los avances que ha tenido la teoría feminista y el pensamiento crítico sobre las otras violencias.

No dejemos este debate, pero tampoco seamos la carne de cañón de los opositores que esperan cualquier expresión contraria al nuevo gobierno para presionar en lo político. Las hordas que se dejan llevar por la emotividad del enojo –legitimo– finalmente son utilizadas. Hoy por hoy, ya lo han expresado algunos analistas, la oposición se encuentra en los medios. Hace mucho que vivimos atrapados en su lógica (des) informativa. Que la lección sirva de balance para discernir entre el escarnio y el debate, en no negar la profundidad de las expresiones y los argumentos, pero tampoco caer bajo el velo de la instrumentalización.