I

El brazo

Desde que tenía memoria, Melchor había hecho descubrimientos extraordinarios pepenando en el basurero municipal, pero nada como encontrarse un brazo frío y amoratado, preso entre los colmillos de su perro. Además del brazo sin dueño, la ciudad  había despertado por tercer día consecutivo con otra nevada en la sierra, algo nunca antes visto. Eso no es buena señal, pensó Melchor y enseguida se dispuso a negociar el brazo con su perro. El trueque requirió de ciertas facultades de negociación, hasta que el Pinto se dio por satisfecho con otro trozo de carne putrefacta ofrecida por su amo. Sólo así Melchor pudo llevarle la extremidad a Roberto, el administrador del lugar.

Roberto Fernández siguió al pie de la letra el protocolo impuesto por los dueños y los llamó antes de reportar el hallazgo al 066. Mientras esperaba instrucciones de su patrón, observaba esa extremidad cercenada sobre su escritorio. Melchor chasqueaba los labios estruendosamente esperando algún tipo de recompensa. “Es de morra, ¿verdad?”, se decidió a preguntar más para recordar su presencia que por otra cosa. El administrador entendió la indirecta y prometió darle una ventaja de diez minutos sobre el resto de los pepenadores cuando llegara el primer camión recolector con basura; Melchor se dio por satisfecho. Con la venia de sus patrones, Roberto Fernández, como buen ciudadano, entonces llamó al 066, no sin antes ser buen negociante y llamar a los diarios locales, quienes, pensó, sabrían recompensarle.

2

Hotel Chinesca

El Hotel Chinesca era la mejor pocilga en todo el barrio chino de Mexicali que se podía alquilar por doscientos cincuenta pesos. El tono del celular sobre una mesa se confundió con los gemidos de una mujer que fingía orgasmos por arriba del salario mínimo en el cuarto contiguo. Armando Yee Ramírez, policía ministerial adscrito al área de homicidios, deseaba ignorar la llamada, pero la reciente desaparición de una periodista, aunado a distintos hallazgos de miembros humanos de supuestas prostitutas por la ciudad tenían al Subprocurador Juan Carlos Jiménez a nada del infarto. Cuando contestó el teléfono, el Subprocurador le informó del hallazgo de un brazo cercenado en el relleno sanitario municipal y le ordenó constatar si ese brazo pertenecía a otra prostituta o a Marisol del Río, la reportera desaparecida. Los gemidos continuaban sin respetar las paredes del cuartucho, aún así, Armando decidió llamar a su compañero antes de ducharse para darle tiempo a llegar. Sin embargo, al marcar el número de José Juan Zavaleta escuchó el tono del celular sospechosamente cerca; dos segundos después alguien tocaba a su puerta.

—¿Qué haces aquí? Si te acabo de marcar. ¿Te llamó a ti primero el licenciado Jiménez? —Preguntó un tanto sorprendido por la presencia de su compañero en el dintel.  

—Sí, me marcó a mí primero, yo soy el del carro. De hecho tengo tres minutos esperando aquí.

—¿Y por qué no tocaste?

Los gemidos de la mujer se intensificaban acompañados de plegarias sacrílegas y verbos seculares.

—Es que tus vecinos dejaron la cortina entreabierta y pues… —dijo José Juan con su mirada hacia los gemidos.

Armando tuvo que olvidar su ducha y sólo alcanzó a abrigarse con lo primero que encontró. Bajaron las escaleras de paredes grasientas y soportaron la mirada burlona del chino encargado del lobby, quien sonreía maliciosamente.

—Brokeback Chinesca —dijo el encargado agregando algo en chino.

—¿Qué trae ese güey? —Preguntó José Juan.

—Olvídalo.

—Tienes que dejar esta mierda de hotel, puedes quedarte en mi depa mientras arreglas tus cosas con Cecilia —Ofreció su compañero al otear los alrededores del barrio chino.

—Lo pensaré, gracias.

Ya en el carro, Armando Yee tamborileaba inquietamente el cristal mientras avanzaban rumbo al relleno sanitario. Quería estar frente a ese nuevo brazo cercenado, imploraba que fuera diestro y no siniestro, porque entonces podría formar parte del cuerpo que tenían en la morgue, al que sólo le faltaba un brazo diestro para estar completo. Su compañero y conductor del auto se interesaba más en las chicas que buscaban rasguñar rayos del sol para resguardarse del frío mientras esperaban el colectivo. Exigió su atención con la sirena y espetó: “Yo te caliento, mamacita, soy cobija king size…”. Acostumbrado a los aspavientos de su compañero, Armando permaneció en silencio. “Estaría bien culero que fuera la periodista, ¿no?”, preguntó José Juan. Armando no quería verse en la situación de ponderar qué sería peor, si toparse con el brazo de otra mujer desconocida o con el de la periodista.

En las últimas semanas, la ciudad había amanecido con cuerpos femeninos desmembrados dispersos en varios puntos. Una ola distendida de asesinatos de mujeres cuyos cuerpos eran abandonados en canales, lotes baldíos o en la periferia de la ciudad. La mayoría de estos asesinatos sólo habían engordado la fatídica tradición de la impunidad; los menos resultaron en aprehensiones de maridos o novios anclados en ideas atávicas. Posteriormente, los hallazgos ya no eran de cuerpos enteros, sino de miembros cercenados. En un principio no parecían preocuparle mucho al procurador Lorenzo López Sifuentes, quien, habano en mano, aducía indolente que se trataba de prostitutas del centro de la ciudad y de mujeres relacionadas con el narco, pero hubo un giro drástico cuando las organizaciones no gubernamentales empezaron a exigir el esclarecimiento de los crímenes, y la situación empeoró con la desaparición de Marisol del Río, una reportera que se había convertido en un dolor de cabeza para las autoridades.

En las últimas semanas, el rompecabezas de brazos, piernas y troncos acéfalos formaban tres cuerpos, dos de ellos finalmente fueron armados al encontrar sus respectivas cabezas, pero permanecían sin ser identificadas. Los familiares de las prostitutas desaparecidas del centro no habían reconocido a ninguno de los cuerpos. Aún había en la morgue un juego de miembros humanos cercenados en espera del brazo derecho y una cabeza. “Oye güey, esto ya se parece al juego de póngale la cola al burro. Andamos como vendados de los ojos buscando armar estos remedos de Coyolxauqui”. No le pareció muy desatinado su comentario, pero prefirió ignorarlo para no dar rienda suelta al repertorio inagotable de insensibilidad de su compañero.

Al llegar los policías ministeriales al relleno sanitario, el administrador les hizo una seña de paciencia, se encontraba dando entrevistas a un grupo de periodistas. “¡No chingues! Primero les hablaron a estos cabrones”, expresó José Juan. Las gaviotas graznaban en inglés, picoteando cajitas felices con papas fritas que no habían sido descubiertas por los niños pepenadores. “Por lo menos no estamos en verano, nos salvamos de la pestilencia”, dijo Armando. No le faltaba razón, el frío neutralizaba un tanto el hedor cotidiano imperante en el lugar, que se intensificaba con las altas temperaturas del verano. El administrador se sintió traicionado al ver cómo los reporteros corrían tras los policías ministeriales en busca de respuestas, robándole sus breves minutos de fama. Armando señaló con el dedo a su compañero y los reporteros lo atacaron con preguntas a las que éste respondía con elusiva facilidad. Armando aprovechó para caminar hacia la oficina y pedirle al administrador que le mostrara el brazo. Este tenía impresos los incisivos del perro y su color hacía pensar en un maniquí de aparador de segunda. “Carajo”, exclamó el ministerial al constatar que se trataba de otro brazo izquierdo. A primera vista no había detalles distintivos que ayudaran en su identificación, no había tatuajes, lunares o cicatrices peculiares. Hundió sus manos en un par de guantes y tomó el brazo para examinarlo con detenimiento. Sus ojos aterrizaron en unas líneas azules que parecían haber sido parte de un tatuaje interrumpido por la ausencia de un hombro.

Armando pidió ver al sujeto que había encontrado el brazo. Los peritos llegarían en cualquier momento, pero él estaba convencido de que el brazo no había sido abandonado ahí directamente. Lo más probable era que alguien lo hubiera arrojado en un contenedor de basura del centro de la ciudad o de algún parque industrial. Descartaba cualquier área residencial, ya que los recolectores arrojaban la basura a la plancha del camión y buscaban cualquier cosa que pudiera ser de utilidad; seguramente habrían detectado un brazo, como hallan un zapato sin par entre los desechos.  Melchor se acercó a los policías con su perro y le señaló el lugar donde lo sorprendió mordisqueando la extremidad anónima. Armando confirmó su sospecha, los desechos en esa área coincidían con el tipo de basura generada en un parque industrial. José Juan había terminado de responder a los reporteros y prohibió el paso más allá de la oficina.  Al llegar los forenses, Armando fijó su mirada en Luna. 

—¿Qué hay muchachos? ¿Es izquierdo?

—Desgraciadamente —Respondió Armando secamente.

—¡No manches! Otro cuerpo.  ¿Será de la periodista?

—Eso te corresponde averiguarlo. Me llamas en cuanto tengas algo —Agregó Armando evitando su mirada.

El ministerial acortó la distancia entre ambos y en sordina le habló del aparente tatuaje menguado por el tajo del hombro. 

—Y a mí me llamas cuando quieras explorar una carne igual de dura, pero más viva —intervino José Juan en su acostumbrado acoso a la forense.

—A ti te llamo cuando afile los instrumentos.

No hubo respuesta de José Juan, caminó rumbo al auto mientras veía a su compañero tomar su teléfono. Armando realizó dos llamadas, la primera para el subprocurador Jiménez y la segunda a la conductora del programa de radio donde laboraba Marisol del Río. El frío parecía más intenso en este espacio abierto que recibía el viento del oeste trayendo consigo la sombra nevada de los copos. El ministerial instaló sus ojos sobre la Rumorosa, dejando que su rostro recibiera el aire gélido por unos momentos, hasta que sintió su nariz rígida y le dio la espalda a la sierra. Una vez que hubo terminado las llamadas, se apresuró a subir al auto en donde ya lo esperaba su compañero.

—Vamos a la estación de radio, el licenciado Jiménez me pidió que fuéramos para allá.

—¡Que no chingue!, nosotros no somos de Antisecuestro. Además, es muy temprano.

—Nos espera la conductora del programa. Acabo de hablar con ella —Agregó Armando exhalando para volver a respirar hondo.

—Está bien, pero primero vamos por unos tacos de borrego porque hace hambre y tu aliento huele a dragón oriental.

Cuando su compañero abrió la puerta, Armando aprovechó para hacer una cueva con sus manos y exhalar para oler su aliento; José Juan tenía razón. Al pasar por la estación del ferrocarril, se detuvieron en una calle donde se enfilaban varias carretas de tacos que aducían ser de borrego y res. Los mexicalenses empezaban a invadir el suelo de la ciudad, estaban en las esquinas esperando el colectivo, se les veía caminando o andando su destino sobre una bicicleta. Los voceadores con rostros envueltos, cual talibanes, ofrecían los diarios sin abrir la boca. Los taqueros cortaban carne mecánicamente y preparaban tacos con la celeridad adquirida por la rutina.

Armando pidió dos de borrego mientras que José Juan pidió tres de cabeza. El taquero desveló una cabeza de res cubierta con un trapo húmedo y Armando vio cómo su cuchillo la espulgaba mostrando su blancura con cada golpe preciso. Ineludiblemente, pensó en las destazadas. Hacía tiempo que los hallazgos macabros habían dejado de sorprenderle a él y a todo México, se había convertido en un acto cotidiano más. Pensó en la persona que destazaba los cuerpos, seguramente sentía un desapego similar al del taquero en cada uno de sus golpes. ¿Sería la misma persona que las mataba y las destazaba o había más personas involucradas? ¿Qué haría con ellas en vida que no podían dejarlas vivir? ¿Por qué tanto esfuerzo por deshacerse de ellas?

—¿Qué piensas? —alcanzó a mascullar José Juan mostrando trozos de res bailando en su boca como en una secadora de ropa.

—Nada. Pensaba en quién se toma tantas molestias para cercenar cuerpos de prostitutas de la Chinesca. No es una cuestión de dinero, seguro es una cuestión de poder. 

—¿Para qué le damos vueltas? Tú sabes que fueron los narcos. Nomás es cuestión de saber qué cártel hizo la gracia. Además, ¿qué no se supone que debemos investigar lo de la periodista?

—No creo que hayan sido narcos. ¿Dónde está el mensaje? Una cabeza, un brazo, un dedo sin mensaje no tiene ningún valor. Ya no les importa la secrecía. Alguien se quiso deshacer de estos cuerpos sin ser descubierto. Los narcos necesitan ser claros en sus mensajes. Cuando les interesa ser discretos, los echan en fosas o los desintegran en ácido. Además, ¿por qué tienen que ser todas mujeres?

—Pues si no son los chacas, “we got ourselves a serial killer”, compa.

*Fragmento del libro Hotel Chinesca (Editorial de Otro Tipo, 2018) publicado gracias a las facilidades del autor.