Por Mauricio Neblina

En primer lugar: ¿qué carajos es “irle”? ¿Alguien puede mencionar un sinónimo de “irle”? ¿De qué otra manera se puede decir que es vergonzoso “irle” al puñetero Cruz Azul? Con la fantasía de ser futbolista profesional, jugar con la Santísima Selección de Nuestra Pioja Señora del Tricolor y ser campeón mundial, mis padres, cuando tenía catorce años, me enlistaron en una escuelita de futbol a petición mía luego de un volado donde decidí entre el deporte y que me compraran una batería para volverme rockstar (lo sé, siempre he sido un asqueroso y bendecido yunior). ¿Quién iba a pensar que la condenada moneda se divertiría con mi destino para toda la vida? La escuela de futbol más cercana a mi casa era, lamentablemente, filial de Cruz Azul, y ahí fui a caer.

En el primer entrenamiento derroché el estilo, la clase y toda la elegancia del futbol callejero que había practicado por años. Recepcioné con las nalgas el primer balón que me mandaron (no lo debí haber hecho, estoy seguro que ahí fue cuando se me desaparecieron), driblé con una bicicleta al mejor defensa central que tenían, recorté con una finta al portero, le volví a tronar la cintura al defensa cuando se recuperó, me agaché y rematé el balón con la cabeza a ras de césped. Todo un crack. Enseguida me volví la sensación. Con el paso de los años y gracias al encapsulamiento táctico al que me sometieron los entrenadores jamás pude volver a demostrar la gala de mi juego y la coordinación perfecta de mis pies. Pude haber sido el Agnóstico (no Cristiano) Ronaldo mexicano, pero la naturaleza le dio oportunidad a los Chuckys, a los Chicharitos, a los Ochoas, a los Guardados y a los Herreras, pobres diablos que si no destacaban en el deporte, no lo hacían en ningún lado; por el contrario, a mí me dejó una misión de elemental importancia: “escribe y cambiarás al mundo”. Aún sigo esperando que alguien me diga cómo escribir bien.

Regreso al punto. En el inicio de mi corta carrera futbolística sentí que la casaca celeste la debía de tener adherida a la piel, pues fue (en el pensamiento de un puberto) el primer equipo que me abrió las puertas para aprender a jugar y desarrollar mis habilidades; sin embargo, con el paso de los años y los torneos, la playera se me ha ido despintando del cuerpo gracias a las lágrimas de corajes y tristezas que me ha dejado la Máquina. Hoy vivo con el miedo de la eterna maldición, de fallecer sin ver a Jesús Corona en silla de ruedas, con respirador y en su lecho de muerte levantar una copa. Cuando Carlos Hermosillo, con la ceja parchada y el uniforme ensangrentado, se hizo ídolo en el invierno del 97, yo apenas tenía cuatro años y las únicas imágenes que guardo en la memoria son las que me cuenta mi madre, por lo tanto nunca he visto campeón de Liga al Cruz Azul. La CONCACAF y la Copa MX son sólo un plus (o por lo menos ya me creí esa idea).

Otra vez tocó perder una final y nuevamente contra el América. Una de las premisas básicas del futbol que enseñan cuando se es niño es que el portero nunca debe darle el balón al medio de contención cuando está de espaldas y menos cuando el equipo contrario aprieta la salida. Ese error o la teoría de conspiración de que se le pagó derecho de piso a las Águilas y que por eso los celestes jugaron sin actitud, a diferencia de lo que hicieron durante todo el torneo, ahora sale sobrando, pues lo que cuenta es que al final siempre pierden, y ya me cansé de soportar las burlas por los subcampeonatos y de apoyar a un equipo que se vuelve ratonero en los momentos más importantes. Me parece que es tiempo de no “irle” más a unos fracasados (a ver si así me salvo de los memes), pero tampoco ponerme otra camiseta. Debí quedarme con los tambores y no con el balón.