Por Miguel Ángel Castillo Archundia

El tiempo, categoría difícil de capturar, sobre todo en fotografía que parece que lo que hace es intentar hacer una cápsula del mismo y dejarlo detenido, sin expresión.  La fotografía es una referencia ineludible de la muerte, recordando, inmediatamente la mortalidad cuando encapsula un pedazo de tiempo, y congela lo vivo sometiéndolo a un rigor propio sólo de la muerte, observará el teórico de la fotografía Roland Barthes.

Las imágenes del presente ensayo pretenden dejar evidencia del tiempo por dos líneas distintas. La primera y las más evidente es la que muestra el deterioro físico de las figurillas al que toda materia se enfrenta por el paso de los años, por la intemperie y por el abandono. El segundo, y más interesante es que todas las figurillas que se presentan pertenecen a distintos cementerios mexicanos. Siendo, el cementerio perfecta figura para referir o hacer representación del paso irrefrenable del tiempo en la vida de las personas que culmina con la muerte, irrevocable, dura, irremediable. Las figurillas metáfora de la muerte, del tiempo, del olvido, que en su mismo cuerpo encarnan la corrosión que provoca el transcurrir.

Un tercer nivel en el que nos puede hablar este ensayo fotográfico es la presentación de las figurillas de representaciones divinas, religiosas católicas, que en su concepción metafísica son atemporales, inmortales, no se pueden sujetar a la vejez ni a la muerte, al abandono o a la desgracia. Este ensayo nos muestra esas figuras representantes de las divinidades atemporales sujetas a las inclemencias del tiempo. Mismas que a su vez nos recuerdan la muerte de Dios anunciada por el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, la muerte como una categoría completamente humana, completamente temporal. Categoría en la que también pueden ser llamadas a rendir cuentas las más divinas de las figuras, que tienen fecha de caducidad y son corroídas por el paso de la historia, que en las expresiones que adquieren con el desgaste del tiempo y la intemperie se humanizan, adquieren expresiones que sólo el sufrimiento del abandono humano, del sufrimiento, de la desesperación saben forjar en los rostros. El tiempo y el abandono humanizan esas divinidades, las vuelven mortales, las vuelven sufrientes.