Por Manuel Ayala

Para Gera, Juan Manuel, Juan Pablo

y los que fundamos el mítico Dynamo.

Mi padre solía reunirse cada fin de semana con sus amigos y aventarse maratónicas borracheras que terminaban frecuentemente las madrugadas del lunes. Su condición natural de bohemio y trovador (que aprendí rápidamente desde morrito) le rodeaba de distintos personajes y especímenes que con el tiempo fueron desapareciendo cada uno a su conveniencia. Ya fuera en mi casa, en la de alguno de sus amigos o en la plaza del pueblo, solía repetirse siempre una escena que recuerdo vivamente porque, junto a mi hermano, le acompañábamos siempre en sus tertulias y porque a mi corta edad me resultaba sumamente castroso repetir cada una de las palabras que ebriamente mi padre me pedía les compartiera a la sarta de borrachos esquizoides que le acompañaban.

—A ver pues, hijo, diles a estos cabrones a qué equipo le vas, nomás para que vean que tú sí sabes.

—Al Morelia –mencionaba yo tímidamente-.

—Y diles quién es el más chingón, ¿quién es tu ídolo?

—El Fantassshma Figueroa –así solía pronunciarlo a mis escasos 4 o 5 años de edad-.

Esta escena muestra el afecto y apego que desde pequeño he tenido tanto al ejercicio deportivo como al equipo futbolero de mi ciudad: el siempre Atlético Morelia, aquel de la franja roja en el pecho, de los canarios, de la “Tota” Carbajal, de “El Mudo” Juárez, de Nicandro Ortiz, de Horacio Rocha, el de los Villalón, el del Estadio Venustiano, de Tomás Boy, de Claudinho, de Doña Chonita, pero sobre todo el de Marco Antonio “Fantasma” Figueroa; el goleador, figura e ídolo por antonomasia.

Años después me alejé del gusto pambolero; me fastidiaba ver los partidos por televisión y siempre le preguntaba a mi padre que cuándo terminaría por fin –y para siempre- el fútbol. El basquetbol era el que me molaba de verdad. Mientras mis amiguillos de la primaria pateaban un balón de un lado a otro durante el recreo, yo botaba el balón de basquetbol y forraba mis libretas con imágenes de Michel Jordan, Denis Rodman, Scottie Pippen y los Chicago Bulls. Pocas eran las ocasiones que mis compañeros me invitaban a jugar fútbol, siempre con malos y absurdos resultados que terminaban en mofa hacia mi persona.

En la secundaria continúe con el juego del basquetbol. Pero la pasión desmedida de mis compañeros por el deporte de la patada invadía cualquier intento para la práctica de otro deporte en equipo. No me quedaba de otra, tenía que acoplarme a ellos e intentarlo (aunque muchas veces los abría vilmente) o quedarme como pendejo a un costado de la cancha cuidando las mochilas y viéndolos jugar.

Los retos siempre me han motivado, y sin talento alguno comencé a inmiscuirme en los campos futboleros con mis camaradas. Defensa central era continuamente mi posición en el campo y tenía una filosofía deportiva dentro del terreno de juego: “cuando viniera un rival hacia mí, o pasaba el balón o pasaba el contrario”, pero casi siempre terminaban pasando juntos y en la mayoría de los casos anotando gol, lo cual me acarreaba un tremendo bullying canchero por parte de dos compas cuyos nombres no recuerdo y que casualmente eran dos de los tres más gorditos del salón.

Comencé a interesarme cada vez más en el fútbol, el constante bullying del que era víctima me motivaba a superarme constantemente. En tercero de secundaria ya no solamente sabía manejar bien el balón, sino que además me ubicaba bien bajo los tres palos como portero (por ese tiempo al “Fantasma” lo mandaron al equipo del Celaya y Jorge Campos pasó a ocupar un lugar entre mis ídolos), además mi personalidad se había forjado gracias a que en una cascarita, después de tanto pendejeo en que me traían los compas gorditos, les partí su madre con alevosía y ventaja, ganándome así el respeto no solamente de mis compañeros de salón, sino de la flotilla de malandros de aquella Secundaria Federal número 4. Ahora era yo quien gritaba, ordenaba, lideraba y, sobre todo, zapeaba a mis compañeros dentro de la cancha. Eso me llevó a pensar que quería ser futbolista profesional.

Pero ese mismo año una situación me aquejaba: no me interesaba por la literatura y mucho menos por la lectura de libros, así que tenía problemas en la clase de Español, lo cual me presentó una mala jugada cuando salí de la secundaria, pues perdí un año escolar y con ello se esfumaron algunos sueños y esfuerzos como el de ser futbolista. Aquella idea de jugar algún día en el Atlético Morelia, darle el primer campeonato al equipo y posteriormente emigrar a las grandes ligas con el Inter de Milán (equipo del cual soy fan desde 1998 gracias a Ronaldo) se perdió en la tristeza de mi cuarto donde me encerré por un largo periodo.

Un año más tarde, el fútbol regresó a mi vida gracias a un grupo de amigos de mi pueblo con quienes nos reuníamos cada sábado para cascarear con otros compas. Cansados de enfrentarnos siempre entre sí, después decidimos formar un equipo entre todos para competir en la segunda división de la Liga de Fútbol de mi pueblo. Dynamo, así se llamaba la escuadra, con la cual causamos sensación desde un principio entre extraños debido a que la gran mayoría andábamos entre los 14 y los 20 años de edad.

Yo era de los más morros del clan y sabía bien que por ello no figuraría de entrada entre los titulares. Pero la situación no fue así, desde el primer momento mostré “garra” y determinación en el campo, y aunque era un poco falto de agilidad y velocidad, ese sentido de ubicación y manejo del balón que había desarrollado desde la secundaria me llevaron a mover por un tiempo los hilos de la media cancha, incluso a capitanear el equipo en muchísimas ocasiones.

Con este grupúsculo de amigos futboleros tuvimos interminables anécdotas que guardo vivamente en mi memoria, como aquella cuando debutamos en la liga y que en el segundo tiempo, cuando me mandaron de la media cancha a la portería, me metieron 10 goles por todos lados: olímpicos, de tiro libre, de chilena, de rabona y hasta de escorpión si no me equivoco. Recuerdo también que teníamos por tradición reunirnos en la casa de uno de los amigos más grandes del equipo para embriagarnos felizmente cada noche antes de partido. Al día siguiente, perdiéramos o ganáramos, nos reuníamos una vez más para empinarnos las cervezas que nos habían faltado (¡bendita juventud!). Recuerdo también que entre los integrantes constantemente nos peleábamos o discutíamos sin sentido alguno, ya fuera por algo relacionado con el olvido de los registros o por las múltiples fallas que acarreábamos sobre ambas metas. Era frecuente también que iniciábamos los partidos con siete u ocho cabrones, pero como daban 15 minutos de tolerancia una vez iniciado el partido, a veces se alcanzaba a completar el cuadro, otras veces no y así nos la teníamos que rifar.

Llegamos a jugar en canchas asimétricas o que se encontraban a mitad del cerro empinado lleno de huizaches, nopaleras o higuerillas. Llegamos también a protagonizar algunas broncas con los rivales y a encararnos incluso con algunos de nuestros propios padres, quienes jugaban en un equipo rival llamado Los Veteranos. Una ocasión ganamos un torneo de copa, lo presumimos hasta su pinche madre de borrachos por la plaza y nuestras madres salieron bien preocupadas a buscarnos por todo el pueblo. A veces nos expulsaban jugadores y el entrenador sagazmente incluía otro integrante sin que rivales o árbitro se dieran cuenta de ello. Otras ocasiones también nos tocó salir corriendo de algún pueblo porque hasta las señoras locales nos querían dar en la madre.

Después todo para mí se fue yendo al carajo; no simpatizaba con nuevos integrantes y varios de los que habían sido parte desde el inicio se deslumbraron y terminaron corriendo a los brazos de los rivales “más poderosos”, donde terminaron de cebar su talento. El tiempo ya no daba para dedicarle lo suficiente al fútbol y mi cabeza, aunque seguía siendo muy joven con 17 o 18 años, no daba para soportar tanta presión, salvajismo, carrilla y forcejeo entre nosotros. Todo ello aunado a la mamonería y aires de grandeza que algunos compañeros cargaban en sus jorobas.

La última vez que usé la camiseta número 7 de aquel Dynamo, fue una ocasión en que, siendo yo el capitán, el árbitro me amonestó injustamente durante un choque que tuve con el portero rival; reclamé la acción airadamente y el árbitro terminó sacándome la tarjeta roja. Exaltado y furioso por la expulsión y el partido que nos jugábamos, tomé entonces el balón y se lo pateé en la cara, le menté su madre tres veces, estuvimos a punto de los golpes, pero nos separaron. Desde la banca vi como perdíamos el pase a la semifinal de aquella temporada y me lamenté mucho esa ocasión. Unas semanas después de ese hecho, el delegado del equipo me dijo que la comisión de árbitros de la liga había decidido suspenderme seis meses por la agresión que había cometido contra el árbitro y me pareció una tremenda estupidez, por lo tanto pensé seriamente que entonces esa era una muy buena excusa para retirarme “amateurmente” de las canchas y así fue.


*Texto incluido en la edición impresa no. 34 de Clarimonda dedicada al Futbol, la cual puedes leer de forma completa AQUÍ.