Por Alexandra Fernández

Hace un año fui a una famosa tienda departamental con mi madre para tramitar una tarjeta de crédito, pero resultó que no le di seguimiento, no sé si por desidia o simplemente no deseaba tocar los confines del infierno que generan los intereses. Siempre he sido una mujer sencilla, sin mucha confitería en mi persona, y decidí no volver a preguntar por ese trámite. Pasó un año y recién entrando el 2019 yo me encontraba viviendo con mi pareja de ese momento en otro lado lejano al hogar donde crecí, mi madre me llamó una mañana comentándome que había llegado correspondencia. Como de costumbre con la mayoría de las madres, tomó el sobre, lo abrió y vio que ya habían aceptado la tarjeta y tenía que asistir a la sucursal a recogerla. Me emocioné, cuando tuve oportunidad no dudé ni un segundo en ir por ella.

Es muy fácil recibir ese plástico. Desde que llegas encuentras una fila enorme de gente en espera, tomas un número de la máquina que registra tu llegada, te sientas (si es que hay sillas disponibles), lo desesperante es ver que estás a 20 números delante de alguien que seguramente como tú recibió la misma carta y no dudó en ir por el motín el mismo día.

Mirando el piso noté que había un papel con diez números abajo del que tenía, lo levanté discretamente y le entregué mi número a una señora que se veía noble y cansada, no tenía nada que hacer aquel día más que esperar, ser paciente y pensar. Por esas fechas me encontraba desecha porque había discutido con el hombre con el que vivía, quería encontrarlo y mientras veía como la gente pasaba y se acercaba mi turno, fantaseaba con verlo e invitarle una cena romántica con mi nueva adquisición, tengo treinta años ¡Por Dios! Las mujeres a los treinta ya no piensan en esas cursilerías ¿o sí? Qué extraña soy.

Al fin comenzaron a llegar los otros empleados de su hora de comida y la cosa se comenzó a agilizar, mucha gente molesta se levantaba de su lugar y se marchaban dejando su número a la intemperie del basurero o lo llevaban con ellos, qué tontos, ya que había gente que seguramente como yo iban a tomar las cosas con calma, cuando era mi turno me acerqué al mostrador con seguridad y con una forma de hablar jovial como si la tarjeta fuera autorizada por ser alegre, pero no me importó y exageré una sonrisa a pesar de que me llevara la chingada porque mi noviazgo se acababa.

Fueron diez minutos entre interrogatorios sobre mi vida, mi trabajo y cuánto ganaba en aquel entonces, la neta era desempleada y me dedicaba a freelancear escribiendo unos cuantos artículos mediocres para una revista morbosa internacionalmente conocida de la cual evitaré decir el nombre; con ese dinero y el negocio de comida que había hecho con mi novio en el pueblo donde vivíamos daba por seguro que me alcanzaría y facilitaría nuestras vidas. La señorita me invitó a tomar asiento nuevamente y al cabo de cinco minutos dijo mi nombre en voz alta para entregarme el plástico, en ese instante comencé a sentir dentro una seguridad absurda, crucé la sala de espera caminando como pavorreal, quería que el mundo me viera recibiendo ese cacho de plástico que seguramente será una pesadilla. Firme aquí y allá, me explicó las fechas de corte, las oportunidades y los meses sin intereses.

Tomé la tarjeta y caminé por el pasillo ubicado en el último piso del centro comercial, el único elevador, saturado, así que comencé a bajar por las escaleras eléctricas. Quinto piso de artículos para el hogar ¿es en serio? Tengo todo en casa. Cuarto piso con lencería para damita y ropa de recién nacido ¿realmente creen que una mujer como yo iba a gastar en lencería? ¡Patrañas! Llegué al tercer piso y era ropa de Dama, voltee y decía “Vanguardia chic”, vi un poco más y un letrero gigantesco de “REBAJAS”, pensé que con unos jeans, una blusa y puede que una chamarrita coqueta no creo que pase nada, tomé diez prendas y corrí al probador, mientras me desnudaba sentía vergüenza de mi ropa interior, elegí y ¡pin pin! Se deslizó mi tarjeta recién nacida, me quedó en la cabeza la imagen de mi cuerpo semidesnudo con ropa interior agujerada, así que volví al cuarto piso a comprar unos calzones y un buen bra que sostuviera mi legado, no había rebajas pero si unos encajes coquetos, a mi mente volvió la fantasía de darle una buena noche a ese hombre que me traía loquita, volví a deslizar la tarjeta ¡pin, pin!

Orgullosa de la compra bajé segundo, primer piso y al llegar a planta baja un intenso olor a galleta recién hecha invadió mis recuerdos de infancia y de esa manía de comerme a escondidas la masa cruda que mi abuela preparaba para sus deliciosas galletitas de chocolate. Me dejé guiar por el olor y ahí estaba recargada en el mostrador intestado de galletas con nuez de la india, chocolate amargo, manzana/canela… en fin, yo pedí sin remordimientos ¡total! era mi primer día con mi primer tarjeta de crédito y no dudé en volverla a pasar ¡pin, pin! Cuando vi el precio de semejante galleta me fui para atrás: cincuenta condenados pesos, pero ¿lo valía, no? A parte estaba triste, al borde de una depresión y de la ruptura más importante de mi vida por lo que meritaba sentirme bien.

Cuando salí de la tienda (por fin) me sentía como un personaje de Sex and the City, hasta mi forma de caminar cambió, estaba en el Centro de la Ciudad de México con mis bolsas de prestigiada tienda y en mi bolso una tarjeta recién enjaretada para endeudarme los siguientes años que me quedaban de vida. ¡Claro! Todo depende si no me pongo las pilas, con solo cien pesos en efectivo caminaba y volteaba a ver a la gente con soberbia pendeja, ellos me miraban y sabían: era una mujer nueva, renovada, empoderada y segura de ella misma.

Para fregarla, mi impaciencia y mis ganas de estrenar lo que había adquirido era tan grande que no esperé a llegar a casa de mi madre, sino que me metí a un baño público para cambiarme, creo fue una decisión mala ya que el pinche baño era un huevito, donde apenas y podía sentarme para cagar. Saqué cuidadosamente los pantalones, la sudadera, el bra y con el esfuerzo de una contorsionista me cambié de prendas, pero aguanten, se me habían olvidado los calzones, preferí guardarlos para la noche ya que me iba a encontrar con aquel pobre chavo que cobraba la entrada del baño, ¿qué habrá pensado cuando escuchó que alguien mutaba en el baño de mujeres? De repente salí con más seguridad que cuando entré y con una etiqueta colgada del pantalón, cosa que por descuido e impaciencia no arranqué, supongo que todos se enteraron de la rebaja que traía puesta.

Llegando a casa, me chulee frente al espejo unos minutos, le hablé a un amigo muy querido el cual es cinco años menor, lo invité a beber al bar de rock que está en la esquina de casa, era noche de toda la carta a veinte varos, así que me tomé el atrevimiento de cargar con la cuenta, por supuesto él aceptó.

Ahora que ha pasado un mes, antes de ir a pagar mi tarjeta que llegó a tope, me dispuse a contarles ese maravilloso día: hoy estoy soltera, por supuesto que le invité varias cenas románticas y me hice de lencería para agradarle, pero aquello no detuvo el rompimiento, mi experiencia como treintona aprendiendo a madurar debidamente, creo que como muchas, siento que debió de llegarme a los veintes. Hoy mi seguridad no está en el bolsillo, me percaté que ni teniendo todas las cosas materiales del mundo podré tener lo realmente importante que es amor propio y seguridad de ser quién soy con o sin.