Por Mauricio Neblina

Conforme uno va adquiriendo experiencias, el pensamiento se vuelve más complejo y las emociones más intensas. La imposibilidad de explicar lo que pasa por la mente es debido a la falta de estimulación del lenguaje. Leer ayuda a tener las herramientas necesarias para transformar las ideas en palabras y así el interlocutor pueda comprenderlas de forma más clara. Paradójicamente y a causa de los usos y costumbres de la cultura en la que vivimos, este último puede interpretar lo que se le dé la gana.

En el país tenemos el hábito de ocultar lo concreto y decirlo con caricias y adulaciones aunque se trate con extraños porque si no se ofenden y no entienden. Muchas personas, tal vez la mayoría, reinterpretan lo que el otro intenta expresar, como si leyeran el pensamiento y fueran detectives de la mente que descubren las emociones e intenciones supuestamente reales detrás de una frase pronunciada, además de cerrar la razón a una dicotomía en las respuestas, como si fuera posible decidir si las nueces son ricas o no; hay días que sí y hay días que no y múltiples posibilidades para describir el sabor. 

Es común que el emisor engalane y adorne las palabras para que el receptor del mensaje deduzca la idea principal, como si fuera su obligación. En una sociedad ansiosa de cambios es indispensable aceptar y emitir los juicios, premisas y peticiones de manera más directa, prestarle más atención al fondo que a la forma y olvidar la sensibilidad egoísta que sólo busca la sumisión y el servilismo del otro.

A pesar de todo, será casi imposible que esto cambie, pues el sistema continúa obligándonos a flotar en mares de superficialidad que nos meten a la cabeza la idea de que no hay cosa más importante que el beneficio propio. Por eso, aquel que se atreva a romper con las adulaciones y reinterpretaciones en cuanto su papel de emisor o receptor, está condenado a decidir, dependiendo la ocasión, entre el rechazo y la preservación de la comunicación interrumpida.