Por Norberto Flores

Todo empezó cuando empecé a escuchar un pillido en el oído. Como no me podía concentrar, decidí ir al médico. Al revisar los análisis de sangre, el doctor me dijo que debía comer menos grasas, más verduras y hacer ejercicio porque tenía sobrepeso y el colesterol alto.

—A su edad —aconsejó levantando las cejas— ya necesita cuidarse.

Salí del consultorio sintiéndome más enfermo de lo que llegué. No sabía que existía una edad en la que uno deja de disfrutar la vida y se convierte en eso que uno ve pero no quiere nombrar porque al pronunciarlo se hace real, como si invocara al demonio: viejo.

Resignado, mas no derrotado, hice caso. Incluí en mi dieta un arcoíris de verduras, pollo, huevos hervidos y agua, toda el agua que jamás había bebido en mi vida. (Confieso que lo que más me dolió fue dejar la cerveza, dulce néctar: sin él estamos condenados a la realidad.) Comencé a caminar en la plaza de la colonia porque no podía pagar un gimnasio. No sabía yo lo difícil y peligroso que sería. En las banquetas había puestos de garnachas, elotes asados, tacos, hamburguesas… ¡Así no se puede! Pero soy insistente, disciplinado. Bloqueé mis oídos con los audífonos y, estoico como un Jesucristo en el desierto, caminé entre las tentaciones. Pónganme donde hay: me vale, aunque me den.

Una vuelta, dos, ocho; ya encarrerado, aparecieron ellos, una caravana de trocas de luces apagadas. Inspirado, ungido por la gracia de la salud, decidí seguir, nadie me detendría, ni siquiera ellos. Entonces se toparon con los sorchos y se armó la balacera.

Me tiré al piso junto a los puestos de comida. El pillido se oía tan fuerte que pensé que reventaría mis tímpanos. En medio de la confusión, un elote asado cayó en mi espalda; zumbaban hamburguesas, balas, vidrios. ¡Así no se pinches puede! No sabía cómo pero tendría que pagar un gimnasio porque caminar en la plaza era un deporte extremo.

Preguntando aquí y allá encontré uno barato sin aire acondicionado. ¿Quién necesita clima si solo está en la caminadora? Armado con una botella de agua y los audífonos, emprendí la caminata por un bosque ficticio. Aburrido del mismo paso, aumenté la velocidad. Trote ligero. Varios tragos de agua y me sentí temerario. Puse rock. Empecé a correr. En la caminadora de al lado un fulano me aventajaba. Heavy metal. El fulano me miró desdeñoso, sus piernas pisaban la banda como si fuera el aire. Entonces me encabroné. Ni el sobrepeso ni el colesterol ni ese pendejo me vencerían. Lo alcancé. El pillido del oído me aturdía pero yo no iba a perder. Corrí como animal furioso. Miré mis piernas y las del fulano, las mías eran más rápidas, veloces, un poema a las alas del colibrí.

Un disparo sonó en el caluroso lugar. El cuerpo del fulano cayó en la banda y ésta lo estrelló en el cristal de la puerta. El pillido reventó. En la caminadora corrí salpicado de sangre, corrí tratando de huir sin llegar a ningún lado, corrí como nunca había corrido en mi vida.

Después del gimnasio fui por unas cervezas. En esta ciudad no se puede hacer ejercicio, no se puede ser sano, no se puede vivir. ¡Así no se pinches puede!