Por Christian G. H.

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Sé sincero.

¿Cuántas veces en tu vida has fantaseado con coger un enorme y afilado cuchillo de cocina y hundir esa brillante hoja de metal en las costillas de tu jefe?

¿O de ese vecino mal educado que no te saluda al cruzarse contigo en el ascensor?

Sé sincero.

¿Cuántas veces ha soñado con un dar un volantazo en el autocar en el que viajas cada día y en el que cada día tienes que aguantar el mal humor y los malos modales del conductor?

¿Lo has imagina volcando, con gente volando de un lado a otro, con sangre por todos lados, y casi alcanzas un orgasmo al sentir la masa encefálica de ese estúpido mal educado resbalando por tus mejillas?

No te sientas culpable: yo también lo he sentido.

¿Y que me dices de esa dependienta de la panadería donde cada mañana desde hace cinco años compras pan, y que te despacha con un jodido “¿que quieres?”, sin apenas levantar la mirada del móvil?

¿Te has imaginado estrellando su cabezota contra el mostrador?

También yo.

Y aquí uno de mis preferidos: ese compañero de trabajo lame culos, ese insecto asqueroso que te invita un viernes por la tarde a su fiesta temática sobre “La Guerra de las Galaxias”, y que el lunes a primera hora está enseñándole a tu jefe las fotografías en las que sales esnifando cocaína en el culo de alguna zorra.

¿Cocaína, grandes culos y el puto maestro Yoda en la misma habitación?

Créeme: puede pasar.

Y seguro que lo imaginaste con la cara hinchada y amoratada, con los ojos a punto de salir disparados de sus cuencas mientras le rompías la tráquea con tus propias manos.

Y es liberador, sí.

Incluso imaginarlo es liberador.

Pero aún más liberador resulta cortarle la garganta a una rata con traje que se dedica a violar a sus compañeras de oficina después de drogarlas durante la cena de navidad.

Y yo lo he echo.

Acecharle en la oscuridad en la parte trasera de un edificio, mientras echa una meada a cuatro bajo cero y observa su minúscula polla, como la trompa de un bebé elefante, y le sonríe y le promete que esa noche lo pasarán genial.

Que van a follarse el conejo de una becaria.

O quizá su culo.

Y entonces apareces por su espalda, sigilosamente, con un cúter en la mano, tan afilado que incluso puedes escuchar como corta el viento a tu paso.

Y antes de que pueda darse la vuelta, alertado por el ruido, le rodeas con tu brazo y le seccionas la garganta.

De un solo corte.

Tan limpio que dudas incluso de haberle arañado.

Así que cortas otra vez.

Y otra.

Y otra más.

Hasta que la sangre, fluyendo a borbotones, funde toda la nieve bajo tus pies.

Y después de sacudirte el polvo y de esnifar un par de rayas de la mejor cocaína colombiana de la cuidad, te refrescas la cara y te unes a tus embriagados compañeros de nuevo.

Y te siente entonces como el jodido amo del mundo.

Y esa noche te follas a la chica a la que probablemente ese fiambre habría asaltado.

Y mientras le comes el coño imaginas la cara de idiota que se le quedó al morir.

Y es que cuando una fantasía deja la seguridad de tu mente para trasladarse a una realidad en que los actos tienen irremediables consecuencias, sientes tanto miedo como deseos de que tus fantasías sigan tomando forma hasta casi adquirir vida propia.

Pero antes de todo eso, antes del éxtasis de la sangre, de la orgásmica imagen de ti mismo seccionando gargantas de alimañas nocturnas, antes de todo eso, despiertas una buena mañana y un Dios en el que nunca has creído te desposee de todo lo que amas y lo transforma en un asqueroso mejunje de mierda, vómitos, y sangre menstrual coagulada.

Pierdes tu trabajo.

Pierdes a tus amigos.

Pierdes a tu chica: ganas un cáncer.

Todo aquello por lo que llevas toda tu vida luchando se desmorona ante tus ojos como un castillo de naipes bajo las pegajosas manos de un bebé gigante que se tambalea amenazante hacia tu reconfortante y monótona realidad.

Y sientes tanto miedo como cuando empezaste a construir ese castillo, cargando una mochila llena de buenas intenciones y de mucha ingenuidad.

Cuatro años de exámenes se transforman en un trabajo que te esclaviza y del que no puedes escapar.

Seis meses de poesías y rosas blancas se convierten en una relación de la que quieres escapar.

Una casita blanca de madera con ventanales azules  en una cárcel de madera de la que no puedes escapar.

Quieres huir, pero no puedes.

Todos los sueños que has tenido a lo largo de tu vida se transforman en las cadenas que te atan a una realidad que poco tiene que ver con todo aquello que soñaste.

Con aquello que planeaste.

Proyéctalo y reza para que no se materialice, porque solo las cosas inesperadas son las cosas que merecen la pena de ésta vida.

¿Vida?

Después de diez años trabajando en una oficina bajo cegadoras luces blancas, lo único que quieres es arrancarte la camisa y salir corriendo por la puerta.

O por la ventana.

Y cuando viajas de camino a casa en el transporte público porque tú coche está en el taller mecánico, mientras escuchas tintinear la lluvia sobre el óxido del capó del autobús, observando a personas o gentes yendo y viniendo de sus rutinarias y vacías existencias, de sus sueños rotos, piensas en las ganas que tienes de que todo acabe.

Pero resulta que suicidarse conlleva sus riesgos, y el miedo a un Dios en el que nunca has creído te paraliza.

Y guardas la vieja hojilla de afeitar de nuevo.

Quizá otro día, piensas.

O quizá nunca.

Porque quizá acabes en un infierno que quizá no exista y del que quizá no puedas huir.

¿O quizá si?